3 de febrero de 2009

Aprender a volar

No es tan desconocido el panorama. Camina, sin rumbo, dice a veces, pero sabe perfectamente hacia donde va. El piso todavía tiene las marcas de la última vez que caminó por ahí, no lo ha olvidado. Restos de lágrimas y sangre por todos lados, las marcas de siempre. ¿Aprendizajes? Parece que no. La imagen del espejo, lo único que ha cambiado son las líneas tan finas que, según le dicen, no se alcanzan a apreciar todavía. Las marcas que deja la vida en la cara se ven, sentencia que ha tenido siempre presente. Las marcas que deja el amor, en el corazón se ven, no lo olvida.

No levanta la cabeza, pues parece que su diálogo interno es muy encarnado: ¿qué hacer? Si bien sabe que no es la primera vez que se presentará, levantará la cabeza y tomará una decisión. No es nuevo en eso de volar alto y aspirar a mucho: el que no arriesga no gana, siempre lo ha pensado, pero jamás lo ha aplicado. Un lado, una voz, la razón, el corazón. El corazón tiene pensamientos que la razón no entiende. Hay que saberse guiar por ambos, por más ambiguo que parezca. Parece no inclinarse por ninguno de los dos: si bien siempre ha sido más racional, esta vez su corazón grita con fuerza, pidiendo aunque sea revivir la emoción de la ilusión del logro. La razón le pide que no regrese a ese lúgubre camino que ha recorrido más de lo que ha querido. No vale tanto la pena. Tú no lo sabes. Diálogo tenebroso, que no me atrevo a capturar aquí, pero que más de alguno lo ha de conocer. Darle vueltas una y otra vez a la situación, poner todo en la balanza, aventarlo todo y correr, lanzarse al ruedo. ¡Decisiones!

Llegó, el trayecto se hace corto con esa marejada de pensamientos. Ahí está, con la mirada interrogante. Siempre esa media sonrisa que te ha robado muchos suspiros. Su figura, su cabello. Los hombros siempre descubiertos, donde le gusta posar sus manos. Darle calor, transmitirle algún sentimiento a través de sus manos. Ojos pequeños pero expresivos. A pesar de su gusto por los ojos claros, siempre se ha enamorado de unos ojos negros. Cuestionan siempre, reciben pocas respuestas. Ahí está, esperando algo. Quizá el momento de decirle que no pierda su tiempo, que simplemente retroceda. Quizá le dará tiempo suficiente para decir lo que siente, a pesar de que sabe que le cuesta mucho trabajo. Él simplemente se limita a mirarle.

Querer dedicarle muchos prodigios, cantarle una canción. Una rosa, tal vez. Buscar su mano, mirarla profundamente a los ojos. Sonreír cada vez que piense en ella. Todo lo hace, o quiere hacerlo. No tiene nada qué perder, pero las marcas del corazón ya son muchas. Por una vez, quiere triunfar. Ella, no sabe. Quiere ser feliz, quien no querría, la pregunta es si aceptará el corazón que se le está ofreciendo.

Busca una sencilla razón para hacer todo. Encontrarla, es lo que cuesta más trabajo.

9 de enero de 2009

Ases

Salen las primeras tres cartas, el flop más interesante de toda la noche. Mis ojos no pueden creer las cartas que están viendo: por primera vez en toda mi vida me encuentro con un Royal Flush, la mejor mano de todas en el poker. Intento no vacilar, no puedes saber que tengo la mano ganadora. Aún te quedan dos prendas, y estoy dispuesto a que las pierdas en esta mano.

Llevamos gran parte de la noche jugando así, al borde de la excitación perpetua. Propuse el juego, tú, con una sonrisa maliciosa, aceptaste. No tardó tu mente perversa en imaginarse todo lo que iba a suceder. No fue necesario ningún tipo de convencimiento, solamente buscamos una baraja en los cajones -recuerdas bien que me regalaste una-, un par de botellas de whisky para calmar la sed, suficientes cigarrillos y algo de música. Mi ipod hará el truco.

Acercamos los sillones a la mesa de centro. Con cuidado, hay que quitar los floreros que mi madre me proporcionó al comprarla. "Tienes que tener algo vivo en tu casa", recuerdo bien esas palabras. Si viera que lo vivo que hay es fuego, pasión, desenfreno, creo que no estaría del todo satisfecha. Completada la operación, escoges el sillón individual. Siempre te gustó, no solamente porque ahí cogimos como locos la primera vez, sino porque es verdaderamente cómodo, sobre todo para la empresa que tenemos entre manos.

Te pido que pongas las reglas. Sonriente, me dices que las ponga yo, pues fue mia la idea de hacer tan sensual juego. El procedimiento será simple: jugaremos Texas Hold'Em, aunque sabes que será difícil ganarme, te conozco a la perfección. En cada ronda apostaremos una prenda de ropa, sin importar el frío que está haciendo, que cada vez se hace menos por la calentura creciente que nos ataca. Reglas simples. El ganador podrá retirar la prenda, si es que el perdedor lo desea así. ¿Quedó todo claro?

Empezamos, entramos en calor. Con la primera copa entre las manos, te doy confianza y hago que pierda mi chamarra. La emoción de la primera mano ganada te da ánimos, la primera prenda perdida, aunque muy accesorial, te excita un poco. Tu mente ya recorrió de nuevo todos los momentos que hemos pasado, mas ninguno como este. Nos invade el deseo, queremos brincar uno encima del otro, pero hay que jugar. Las cartas decidirán quién sucumbe primero. Recuerdas bien esa frase que suelo repetir cuando juego: 10% suerte, 90% estrategia.

Tu confianza sigue acrecentándose, ya me hiciste perder la camisa. Todo por el par de ases que te salieron desde el principio. Crees que ya conoces mi juego, pero, mi vida, aún no has visto nada. Perdí los pantalones, me quedo en los boxers que tanto te gustan, esos que, según dices, resaltan uno de mis mejores atributos. Mientras me quito los pantalones, no dejas de posar la vista ahí. Ya sabes que hay debajo de esa tela, pero mueres de ganas de descubrirlo. Con tu confianza ya ensanchada, es hora de sacar mi verdadero juego.

En una mano te hago perder tu suéter. Noto que llevas poca ropa debajo. No puedo dejar de ver tus senos debajo de una de las tantas blusas que tienes, de esas blusas de tirantes que a tantos hombres nos hacen perder la concentración. Es muy pronto para sucumbir, el juego apenas empieza. Suerte, empiezas a creer, porque no había ganado una sola mano en toda la noche. Se consume la primera cajetilla, la botella de Chivas no tarda en morir. Es momento de ir por otra. Decidida, te levantas y te diriges al pequeño bar que procuro tener siempre bien servido. Tomas otra botella, y jugetonamente traes más hielos, con tus manos dentro adrede: quieres que vea tus pezones. Dentro de poco jugaré con ellos hasta hacerte perder la razón. Total, no será la primera vez.

El juego se pone interesante, con la peor mano que me pudo haber salido, te dejo en tu bra negro, con transparencias. "Sabes que me gusta", pienso para mis adentros. Venías preparada para lo máximo, siempre lo estás. También perdiste los pantalones. Te levantas y empiezas a contonearte sensualmente. "Te voy a mostrar lo que he aprendido en mis clases", siempre te lo había pedido. La música empieza a trabajar a nuestro favor, un jazz bastante sabroso empieza a sonar. Tus caderas se mueven al compás de la música. Contengo mi respiración, no doy crédito a lo que veo. Adiós pantalones, hola ropa interior. Apuro mi copa de un solo trago, siento el whisky que baja por mi garganta, sin quemar, ya más caliente no puedo estar.

Intentas sacarme de quicio. Mientras barajeo las cartas, metes la mano por debajo de tu tanga. Empiezas a hurgarte, a tocarte. Veo como empiezas a retorcerte, presa del masaje que le estás dando a tu clítoris. Mi punto débil, y lo sabes bien. Cuando estoy contigo es cuando me sale lo voyeurista, no puedo evitar excitarme ante el espectáculo que me estoy llevando. Intento mantener mi cabeza fría, pero ya está más caliente y parecida a un volcán en erupción. Es cuestión de tiempo antes de que se aproveche ese calor.

Ha llegado el momento decisivo, has apostado el resto de tu ropa interior contra la mía. Salen las cartas que no esperaba. Dos ases más, completan el turn y el river. Sonríes, creyendo que ya me has vencido. Te muestro una cara de sorpresa, para que creas que seré el primero en despojarme de la ropa. Muestras tus cartas ya deseosa de quitarnos la ropa y empezar a manosearnos, el calor ya es insoportable. Justamente la carta que esperaba que tuvieras: un as de corazones, que en conjunto con los otros tres de la mesa, hacen un poker de ases. "Creo que te gané, amor", no paras de sonreír.

- Será otro día, porque hoy, gano yo.

Destapo mis cartas: un rey y un diez de espadas. Te sorprendes, buscas las cartas de la mesa y ves lo que no creíste encontrar: una reina, un joto y el as de espadas. Escalera imperial, llámale como quieras. La mano invencible en el poker acaba de decir que tendrás que perder tu ropa. Ya recuperada de la sorpresa, te levantas y te acercas lentamente a mi. "Quítamela", más parecía que me rogabas a que me lo ordenaras. Ya no puedes más, lo sé. Te quito el sostén, tus senos al descubierto. Tus pezones en mi boca, pequeños brincos los que das, gemidos casi imperceptibles. Ahora mis manos atacarán tu discreta tanga, siento tu humedad. Ya no puedo más, te retiro la tanga y te acomodo encima de mí. Mis manos no se separan de tus senos, las tuyas buscan librar mi pene de su prisión de tela. Batallas un poco hasta que lo logras. Te hundes en mi firmeza, con movimientos rítmicos empezamos a coger, empiezan a presentarse gotas de sudor. Siempre me ha gustado esa imagen: encima de mí, con tu cabello cayéndote por encima de la frente, con pequeñas gotas de sudor, jadeante, excitada, apunto del orgasmo.

Cogemos, sin parar. Pides más, más rápido, más profundo. Terminas en un orgasmo prolongado, que te hace caer rendida en mis brazos. La explosión del placer es lo mejor de todo. El preámbulo es inmejorable. Nos invade un cansancio sensual. El primer round ha terminado, todo por culpa -o por fortuna- de la extrema excitación de la cual ya estábamos presos. La noche apenas empieza, no es momento de rendirnos y todavía tenemos energías para gastar. Te retiras de encima de mi y empiezas a caminar hacia el cuarto. Puedo verte perfectamente, preso todavía de una dureza que no había experimentado hasta la fecha. Caminas sensualmente, tocándote los senos. No lo pienso dos veces, voy a tu encuentro.

Logro interceptarte apenas en la entrada del cuarto. Con un poco de violencia te volteo y te beso profundamente. Ese tipo de besos me encantan -y tú particularmente sabes hacerlo bien- y se prolonga un tanto. No es momento de ponerse cursis, por lo que maquinalmente tu mano busca mi pene. Todavía está enhiesta, sabes que soy de carrera larga. Bajo lentamente mis manos por tu espalda hasta llegar a donde esta pierde su nombre: tus nalgas, lo que más me gusta de tí. Te tomo de a cartón de chela y te levanto. Enredas tus piernas alrededor de mi cintura para afianzarte mejor. Nos dirigimos a la cama, todavía no paramos de besarnos. Justamente en el borde me agacho para recostarte en ella. Me sueltas y en vez de acostarte, te sientas. Me tomas entre tus manos y empiezas el fellatio. Un vaivén de por sí placentero, aderezado por tu lengua que se mueve alrededor. Miras hacia arriba, para contemplar mi cara de pérfido placer. Tomo tu cabeza entre mis manos y te pido que no pares. Pronto me vendré, por lo que utilizas tus viejos trucos para evitar que eso suceda. Te retiras y empiezas a recostarte en la cama. Abres las piernas, me dejas ver ese monte de Venus perfectamente depilado. No dejas de tocarte.

No me iba a negar ese festín visual, por lo que decidí comerlo. Lentamente empecé a recorrer tus muslos, hasta llegar arriba, a sentir cerca tu humedad y sentir cómo te retuerces mientras me acerco a tu vagina. Pequeños y tímidos lengüetazos te arrancan suspiros entremezclados con gemidos. Mueres de placer ante eso que me gusta hacerte. Comerte completita, muchas veces te lo dije. Tomaré mi tiempo hasta que no puedas más, ya que tu respiración se acelere más y sin avisar te penetraré para seguir con la faena. Cambiamos de posiciones, las que frecuentamos normalmente, hasta terminar de nuevo tú encima de mí. Te encanta dominar, me encanta tenerte por encima. Nuevamente esa imagen celestial se presenta: alcanzas el clímax, sonríes y gimes de placer, música para mis oídos. Caes a mi lado, prendemos un cigarrillo para recuperar fuerzas. El poker se extiende por muchas horas. Sigues húmeda, mi erección sigue.

¿Quieres subir la apuesta?

11 de junio de 2008

Cigarrillos

Este es un pequeño ensayo que escribí para una clase en la Universidad, titulado Yo fumo, el fuma, yo soy libre, tu también. El tema es la libertad, enfocada principalmente al tabaquismo. Disfruten. Está abierto a discusión.

Estando en una clase en la universidad, alguno de los alumnos que estábamos ahí presentes reprendió o cuestionó al maestro por su hábito de fumar. En todo caso, a mi percepción no fue por el hábito, sino por los momentos que escoge para fumar, que son intervalos pequeños de clase, el inicio de la sesión o el final de la misma; ante tal aseveración que hizo mi condiscípulo, el maestro respondió algo que me llamó mucho la atención y que cito íntegramente: “no fumes, no tomes, no te desveles, no andes con mujeres fáciles, no tengas vicio alguno... y morirás muy saludable”.

¿Qué es la libertad? Tal vez muchas veces nos lo hemos preguntado, pues nuestra naturaleza humana nos manda ser curiosos, y estamos dotados de inteligencia precisamente para eso: para cuestionarlo, dudar y encontrar la verdad de todo lo que tenga certeza alguna o que pueda ser catalogado como tal. Respondamos primeramente a la pregunta con la siguiente definición: “la libertad es un instrumento de la voluntad natural que permite la elección de medios para alcanzar la felicidad, que es el fin último del hombre”. ¿Qué podemos observar en esta respuesta? De manera concreta sólo dos cosas: una, que la libertad es un instrumento, y como instrumento sirve a fines propios; dos, que la felicidad es el fin último del hombre, felicidad que puede ser atribuida tanto a realización personal, acumulación de bienes materiales, o metas tan pequeñas como las de empezar un negocio propio, aprender a manejar, saber tocar algún instrumento, etc.

Ahora bien, entendiendo la libertad como instrumento para alcanzar la felicidad, podemos inteligir que si la tomamos como herramienta, encontraremos que tenemos dos variantes: tanto nos puede ayudar como nos puede destruir. ¿Por qué aseverar que destruye? Recordemos y reconozcamos que, como toda herramienta, si no se usa de manera adecuada representa un riesgo para la persona que la utiliza, pues todos, o la gran mayoría que se conciba a si mismo como un ente pensante y tenga tres dedos de frente, sabemos que, usando de manera incorrecta un encendedor podemos terminar quemándonos la mano. La herramienta de la que se vale la libertad (al ser esta también una herramienta, llamémosle por consiguiente a la que sigue complemento, o usando un anglicismo, un plug-in) es la decisión: decisión es la contemplación de dos o más opciones, dos o más caminos, dos o más marcas de ropa; después de la contemplación pasamos a la elección, y la elección es el fin último de una decisión.

No podemos decidir si no somos libres, no somos libres si no tenemos la capacidad de decidir. A esto respondería mi buen amigo Sartre con algo como: 'estamos condenados a decidir', esta decisión nos exige ser lo que somos y manifestar nuestra esencia: ser humanos.

De esto precisamente estoy apunto de hablar, de la decisión. Cuando hablamos de un fumador precisamente lo primero que se piensa es en un vicioso, no necesariamente en la concepción ortodoxa que se tiene del mismo, la cual es alguien desaliñado, con pinta de delincuente, probablemente adicto a alguna sustancia tóxica. Exactamente esta postura deseo abordar: el vicio. Estamos de acuerdo en algo: un vicio no puede ser obligado, a menos de que existan circunstancias extremas como en la segunda guerra mundial, en la que los alemanes hacían adictos a la heroína a todos sus prisioneros de guerra; bajo este supuesto presento lo siguiente: el vicio se toma, mas no se induce, ¿qué busco con esto? Sencillo: NADIE de las personas que fuma, fuma por obligación o empezó a hacerlo bajo presión. A este punto ha de surgir en el lector el supuesto de que existe una presión social o de marketing hacia que la persona fume, le puedo contestar que eso no es cierto y lo demuestro con lo siguiente: observe algún anuncio de cigarrillos, ya sea Marlboro, Lucky Strike o cualquier otro que tenga avisos en la vía pública; ahora pregúntese: ¿observa a alguna persona fumando o en actitudes de que fumar es una obligación? Puedo asegurar que su respuesta es negativa. El creciente número de fumadores se debe simple, sencilla y llanamente a la capacidad de elección, que tenemos todos los seres humanos, pues de poner un ejemplo, el primer paso para que yo empezara a fumar es que me entrara la curiosidad, puesto que mi padre fumaba, por lo que yo decidí probar en vez de que me contaran.

Asimismo, yo tomé una decisión, el vecino que fuma realizó la misma acción, todas las personas que tenemos un cigarrillo prendido en este momento decidimos, elegimos hacerlo, ¿y por qué? Porque tenemos la libertad de hacerlo o no. Aquí entra algo muy interesante: como toda decisión y como buen uso de la libertad, toda elección conlleva unas consecuencias, ya sean positivas o negativas. Con consecuencias relacionadas a este tema me refiero a las repercusiones sociales que tiene la imagen de un fumador activo. Por mencionar algunas se tiene la de que tienen “mal olor”, la pérdida de pulcridad podrían decir algunos, incluso la pérdida de algunas amistades, pues hay ciertas personas que no toleran a los fumadores, ya me ha tocado querido lector. Entre las demás consecuencias que podemos encontrar están las de la salud: yo, al ser una persona libre y consciente de mi libertad, estoy aceptando, por el simple hecho de fumar, consecuencias tales como posible cáncer o enfisema pulmonar, tos recurrente, falta de aire, pérdida de condición física y demás enfermedades relacionadas con el tabaquismo. Pero he aquí el punto del presente ensayo: al igual que una persona puede elegir casarse joven, permanecer virgen hasta el matrimonio, no tener hijos, no cortarse el cabello, hacerse un piercing... todo esto, igual que esa gente, el fumador tiene la libertad de tomar una decisión, por más mal vista que sea por la sociedad en general; simplemente, en sentido estricto, aunque sea un daño a largo plazo de la persona, nadie puede influir en la libertad de los demás.

Continuando, ¿cúantos millones de personas mueren cada año por causa del tabaquismo? Serán millones, miles, cientos o decenas, el punto es que mueren. He de decir, querido lector, que a este punto la naturaleza humana se me hace un tanto graciosa: el asunto es que nos estamos preocupando últimamente por cosas que muchos sectores de nuestra sociedad ven como conductas 'malas' o de vicio, como el tabaquismo. Misteriosamente, estas condiciones a veces son más sonadas o renuentes que asuntos de mayor cuidado y que merecen mayor atención. Estoy de acuerdo que la base para que una sociedad es la educación, pero anuncios como los de “fumar mata” de la secretaría de salud, en vez de enseñar algo, recurren a la satirización o, mejor dicho, satanización de las condiciones humanas: libertad, elección y que cada quien haga lo que quiera. Las leyes nos protegen de ser libres de hacer lo que queramos con nuestro cuerpo, exceptuando el atentado directo contra nuestra vida. Aquí el lector se estará haciendo la pregunta: ¿y el tabaquismo no es un atentado directo contra la vida? No mi querido lector, el tabaco no mata, mata lo que causa el consumirlo. Al fin y al cabo no nos podemos meter en términos médicos y filosóficos de que es el suicidio, prosigamos con el desarrollo de las cuestiones.

Ahora bien, muchas personas me han comentado en sendas ocasiones, sobre todo cuando estoy fumando, cosas como: “invades mi espacio personal” o “respeta mi decisión de no fumar”. Varias veces he respondido, siempre de una manera amable y educada, que mi decisión de fumar no influye en nada el hecho de que ellos no fumen. Sencillamente compruebo esto con lo siguiente: si estamos en un lugar común, poniendo un burdo ejemplo, las afueras de la cafetería central, yo prendo un cigarro y a la persona de la mesa siguiente no le agrada el humo del cigarro y me pide que lo apague poniendo por delante que invado su libertad de no fumar, simplemente no estoy invadiéndola, pues tan libre soy yo de fumar como ella de ocupar espacios en los que esté prohibido fumar. Puede sonar esto algo rudo, tal vez un poco grosero, pero si nos atenemos a la libertad misma, encontraremos este supuesto como válido. Ahora, los espacios reservados para fumadores no fueron creados con el afán de prevenir el consumo pasivo, no fue así, fue precisamente para evitar conflictos como el que tal vez hubiera causado si la situación hipotética que yo planteé hubiera sucedido. Así es, los espacios en los que está prohibido fumar son por lo general lugares cerrados inclusive si están bien ventilados, pero esto no tiene mucho que ver, pues si nos hemos dado cuenta, al estar en un salón repleto de personas, en el cual el aire no circula adecuadamente, el aire mismo se empieza a viciar produciendo somnolencia y, en algunos casos, jaquecas, este es más o menos el efecto que produce el humo del tabaco en un espacio cerrado. Supongamos un antro, por lo general lo único que se ve es una densa nube de humo, el cual es mezcla de las máquinas que lo producen y de los fumadores; en estos espacios no se prohíbe no porque esté aceptado, sino porque, si establecemos una relación económica o de gusto entre los fumadores, una copa rara vez no va acompañada de un cigarro.

Asimismo, dudo mucho que nos hayamos preguntado alguna vez si no existe algún producto de consumo humano que sea igual de dañino si se consume en exceso y que pase totalmente desapercibido. Esta pregunta muchas veces ha atacado mi mente, no necesariamente porque me preocupe por el número de muertes o por conocer productos de los cuales me tenga que cuidar. Todos sabemos que el alcohol en exceso causa cirrosis o borracheras interminables, el cigarro causa enfisema pulmonar... curiosamente hay otro producto que es dañino para la salud, muchos los consumimos y en realidad no nos damos cuenta de que también es peligroso: el queso. Tomando como ejemplo cito una cinta cinematográfica que se proyectó en nuestro país en meses pasados: “Tomando un ejemplo: los quesos de West Virginia son altos en colesterol, y esto ha causado numerosas muertes, ¿por qué sólo la industria tabacalera debe pedir perdón por toda la gente que, al igual que las personas que, por elección propia, consumen queso y mueren producto de sus consecuencias?”. ¿Sabía eso?, yo no. Ahora que conocemos uno de esos productos hemos de preguntarnos: ¿tenemos que condenar el consumo de todos los productos que, a largo plazo, producen daños a la salud humana? ¿Tenemos que dejar pasar desapercibido los riesgos que representan los que conocemos y los que no conocemos? Intentaré dar una respuesta de la siguiente manera: al parecer estaremos de acuerdo en que lo peor que le puede pasar a una sociedad es el olvido; olvido no sólo de la sociedad, de las personas, de las acciones, sino de actitudes de la sociedad, con actitudes me refiero a toda la serie de eventos que han surgido para condenar a las industrias tabacaleras por el producir, manufacturar y comercializar una fuente de miles de muertes cada año solamente en nuestro país; ante la cuestionante anterior, yo creo que deberíamos no ignorar y tratar de concientizar a la gente. No digo que se restrinja el consumo de tabaco, sino que en vez de hacer campañas publicitarias que lo condenen, mejor que informen, para así no meternos, ahora sí, con la libertad de los demás.

Concluyendo el presente ensayo, extiendo una invitación a todas las personas a las que les sea extensivo el presente trabajo: no dejemos que nuestros prejuicios y la mentalidad social nublen nuestro juicio. Dejemos de observar a personas que se matan a diario, personas que para ciertos ojos no merecen la vida que tienen puesto que, aunque saben que van a morir, aceleran ese encuentro con el ser del más allá. Propongo que empecemos a crear una cultura del respeto, de la tolerancia y de dejar de etiquetar a las personas y las acciones en que las mismas incurren. Siguiendo haciendo mi invitación, a dejar en paz, si eres de esas personas, a ese amigo tuyo que fuma, total, el es el que se está acabando sus pulmones, el tomó la decisión, aceptó las consecuencias y las afrontará cuando llegue el momento.

También quisiera extender una recomendación a aquellas personas que fumamos: no nos sintamos cosa del otro mundo, no es la primera vez que a alguien se le critica por sus hábitos. Sintámonos orgullosos de que tomamos una decisión y tengamos el valor de afrontar las consecuencias de haber elegido libremente cuando llegue el momento de hacerlo. Si eres una de esas personas que ya decidió, está conforme con la misma, no está influida de ninguna manera y está pleno, pues cree que le ayudará a alcanzar su fin último que es la felicidad: fume, si no sabe, pregúnteme como.

3 de junio de 2008

La despedida

Personas van, personas vienen. Se acaba la primera canción, inevitablemente viene la segunda. El mariachi no para de tocar hasta que su hora pagada termine. Todo lo que sube, tiene que bajar.

Verdades inevitables, moldeables a la situación, son las que marcan la existencia de las personas. El poder alejarte de una persona, ser capaz de decir adiós en vez de un hasta luego. Cerati dice: "poder decir adiós es crecer", la vida dice: no poder decir adiós crece los egos, aumenta el dolor y continua la mentira.

Te retiras lentamente de ese lugar en el que te citaron, solamente para encontrarte con que el hecho de que te hayas despedido no va a separararte por completo de ella. Constantemente buscas y encuentras razones para buscarle, para seguir hablando de ella, para amarla. Pretextos son, pretextos serán, en una disque razón se quedará. La peor manera de esconderte es pretender que todo está bien, sobre todo cuando tienes los elementos para hacer que todo realmente se encuentre bien. El cuentista que reside en tu cabeza no para de hablar, sencillamente porque te hace sentir bien, no te hace estar bien.

Cuentista implacable, eso es lo que hace la conciencia. La rutina hace sombra a las pupilas que se cierran a los disfrutes que nos quedan: encerrarte en lo de diario, en lo clásico. Cómoda posición, cobarde hacia la vida. Los cambios constantes son los que hacen que el mañana sea emocionante y el ayer sea atesorado. La vida da vueltas, y da muchas sorpresas: un adiós es uno de ellas.

30 de abril de 2008

Finales

¿Cuándo fue la última vez que disfrutaste el momento?

Pregunta eterna que azota mi cabeza. Después de un largo tiempo pretendiendo, acercándome, intentando llegar a tí, no puedo hacer otra cosa más que preguntar cuándo fue la última vez que disfruté estar contigo. No sé si fue aquella vez que, por vez primera, me dijiste "te quiero". Estoy entre decidir la ocasión en que me contuve las ganas de besarte. Quizá fue el momento en el que busqué tu mano, y no la retiraste. No lo sé.

Recuerdo a la perfección la primera vez que pusiste tu brazo alrededor de mi cuello. Me paralicé. No creí que tan pronto ya haya creado una conexión de cariño contigo, apenas te iba conociendo, empezaba a desear estar contigo. Impulsos que me llevaron a llegar a tí, a conocer las maravillas que engloban tu persona, a querer ser parte de tu mundo. Quizá lo logré, la experiencia me dice que sí, pero la práctica desecha esa teoría constantemente. Tener en cuenta lo que se está dispuesto a perder antes de empezar, lo perdí, y sigo perdiendo, hasta que no quede nada.

Prefiero no tenerte a saber que no te tengo por completo.

27 de marzo de 2008

Memorias de un Soñador

A petición de Jorge, digitalizaré este pequeño cuentito, el primero que escribí. Notarán la evolución en mi escritura. Disfruten.

Día 1:

Hoy no pude evitarlo, te tuve enfrente y no pude esconder lo que emana cada célula de mi ser, hoy, hoy tuve que amarte.
Hoy te amé como nunca, pensé que tú eras la razón para seguir, creí que tú eras lo que mi corazón anhelaba; quise creer que no había cielo ni infierno, que el premio más grande era tu presencia y que una caricia tuya era lo que tanto deseaba, que un beso podía significar más que mil palabras, que el dolor ya no existía y se desvanecía como un mal recuerdo.
Pero la realidad es otra. Hoy, no tengo nada qué decir pero mi boca está abierta, el dolor es cada vez más real; hoy, el infierno se manifiesta en mis ojos; hoy, una lágrima nacida en el nido de mis ojos resbaló destellante y humedeció mi corazón anhelante. Hoy sentí como mi sonrisa se transformaba en amargura, como todo mi odio crecía cada vez más, vi cómo mi corazón se desgarraba y caía hecho trizas... hoy mataste una ilusión.
Heme aquí, escribiendo todo lo que me causaste, pero caigo en cuenta que todo es tragedia, que al sol le cuesta mucho salir, que mi día es totalmente gris y no para de llover, y sólo levanto la vista para ver que te vas, y junto contigo se va mi mente.

Día 2:

Este dolor es real, las heridas no parecen sanar, hay muchas cosas que ni el tiempo borrará...
Me puse el abrigo, tomé la navaja y salí dispuesto a matar. Mi primera víctima fueron mis ilusiones, que se desplomaron a la primera embestida; la siguiente víctima fue tu recuerdo, pero ese opone resistencia, y parece no tener fin, se asemeja a las cicatrices que no se borran.
Mi mente regresó, pero la dejé ir de nuevo, pues ella todavía no debe morir.
Mis gritos silenciosos son escuchados por los sordos, y hasta los mudos cantan mi dolor, los ciegos me ven con lástima y desprecio, los inválidos corren al verme llegar.
Los sueños que alguna vez perseguí ya huyeron de mi alcance, y sólo se escucha el eco de sus risas...
Dejo el asesinato por un tiempo y vuelvo a recordar.

Día 3:

La herida no deja de sangrar.
Rostros fugaces me quieren arreglar, pero yo los alejo alegando que no estoy roto, siendo que todo mi ser está esparcido por el suelo.
Volví a salir, y la víctima que cayó ante mi embestida creí que era el motivo de mi dolor, tenía sus ojos, su cabello, y hasta esa sonrisa irónica que me parte el corazón, toma lo que queda y lo pulveriza. Pero al ver el cadáver, al mirar sus ojos, me di cuenta de que la reflejaba, con su diestra ensangrentada y un semblante de satisfacción. Bajé la vista y ví mi navaja clavada en mi pecho, llena de sangre y olvido, fue cuando desperté y me di cuenta de que para matar tu recuerdo tengo que morir yo con él, pues no puedes matar algo que morirá contigo.

Día 4:

Mi sombra ha hablado con mi alma; me pregunto si seguirá viva. Lo único que alcancé a oír de su infame plática fue: "me ha condenado al silencio".
¿Cómo he de explicar lo inexplicable, sin arrojarme a un pozo donde me entierro solo?, ¿por qué uso como anillo el miedo a vivir?, ¿por qué me he rehusado a sonreír?, ¿por qué he de vivir en el "no pasa nada" siendo que todo va mal?, ¿por qué jugué sabiendo que iba a perder?, sencillamente, ¿por qué sigo vivo?

Día 5:

Mi odio se manifestó con todo su esplendor...
La sangre ha dejado de manar, pero no porque la herida haya sanado, sino porque mi cuerpo está seco, ya no hay nada en mí.
Quise gritar, quise llorar, y la tierra sucumbió ante mi desgracia... le tuve miedo a la victoria siendo que nunca la he saboreado, aposté todo a tu favor y me perdí.
Quisiera estar en mi lecho de muerte, rezando como pagano a cualquier dios o ángel, rogando que me lleven a ese lugar donde no hay penas, no hay dolor, donde no existas tú.
Quise ser comprendido, y lo que recibí fue lástima; quise ser apreciado, y todos y todo me desprecian. Todavía siento la punzante herida del puñal que has clavado en mí, y aún no me siento morir.

Día 6:

Heme aquí de nuevo, y por última vez, pues he dejado a mi mente divagar y siento que ya no regresará.
Salgo de mi prisión y elevo mi vista hacia la gran bóveda celeste, y observo que aunque ha parado de llover, el cielo sigue gris.
Camino y me doy cuenta de que a cada paso, mi sombra se burla de mí, todo lo que me rodea me señala y suelta sonoras carcajadas.
Llegué a lugar de sombras, y ahí encontré mi mente, tan ávida y pasiva. Le ordeno que regrese.
- Cometiste un error al dejarme volar, pero fue más grande el haberla dejado entrar a ella.

Día 7:

Las palabras de mi mente siguen resonando duramente en mi interior, y sigo sin comprender cómo pude pensar que podía estar contigo.
Mi mente aún no regresa.
Me miro al espejo, y la imagen me grita, me repudia, me odia, me injuria, me mata y me hiere de mil maneras al igual que el dolor que sigue taladrando lo que queda de mi corazón. Por un momento las injurias se detienen, y algo brilla mientras se resbala por mi mejilla, tiñiendo de dolor mi pulsante olvido, y, en ella, veo todas mis ilusiones, destellando las aspiraciones que alguna vez tuvo mi corazón, el cual se seca por completo y se desmorona, al rodar de esta mítica lágrima.

Al fin, muero, y olvido.

25 de marzo de 2008

Hoy Tuve Sexo

Si más no recuerdo, este texto lo escribí para la clase de Ética, Identidad y Profesión. Se pidió que retratáramos una situación en la cual entrara la ética o moral de cada quien. Según yo, si está claro. Espero lo disfruten.

- Hoy tuve sexo.

Ataqué con esta pregunta la mirada que dirigían mis padres al pedirles un poco de su atención. Tomé la decisión de decirlo después de darle vueltas y vueltas en mi cabeza. Dejé de jugar con mi comida y por fin ataqué el frente que me acechaba.

- Hoy tuve sexo.

Insistí de nuevo. Nada sucedió. Sólo un momento después mi padre intentaba controlar a mi madre que en ese momento empezaba a sollozar descontroladamente. Intentando en vano calmar a mi convulsiva madre, mi padre se acercó a mí y me propinó tremendo bofetón que casi me hace terminar en la pared del otro lado.

- ¡¿Cómo te atreves a tratar ese tema en la mesa?! – estas palabras salieron de la boca de mi padre más como un volcán en erupción que como lo que realmente era: un reclamo. Simplemente no puedo creer que mi propia hija haya sucumbido ante los placeres de la carne. ¡Piénsalo!: nosotros que te hemos dado la mejor educación cristiana, las mejores escuelas, una vida digna, ¿puedes vivir como una mujerzuela y tirar por la borda todo lo que tu madre y yo hemos tratado de enseñarte?
- Eres una cualquiera – oí que sollozó por fin mi madre. No mereces llamarte señorita, estás probando cosas que no te corresponden. No creas a esa juventud que dice que el sexo no tiene nada de malo, pues ese no es un placer, es sólo la manera que dios nos dio para que sigamos viviendo. No puedo creer que alguien que salió de mis entrañas tire los principios que tan encarnizadamente he intentado de conservar en ella. Mi hija, mi niña, presa de los placeres mundanos.

No pude resistir ni un momento más los embates de mis padres. Opté por abandonar la escena y me dirigí a casa de mi mejor amiga.

Mientras recorría las calles que me separaban de mi amiga iba pensando: ¿será verdad lo que mis padres han dicho?, ¿he traicionado mis principios?, ¿no soy lo que soy? ¿soy alguien que no debo ser?. Todas estas preguntas invadían mi cabeza, la asaltaban y no la dejaban ni un solo momento tranquila.

Por fin llegué a mi destino, saludé como de costumbre a sus padres y subí a su recamara.

Nos saludamos como siempre, y afirmé antes de que pudiera decir nada:

- Hoy tuve sexo.

Ella sólo se quedó mirándome incrédula. No podía creer lo que acababa de decirle, eso que volvió locos a mis papás y que, al parecer, no tendría una reacción favorable en mi compañera de andadas.

- No lo puedo creer, ¿tú?, ¿la puritanita niña de los cristianos más arraigados del pueblo? – articulaba estas preguntas como si estuviera ante un espíritu, con la voz temblorosa, presa de emoción. ¿Te gustó? Cuéntame, ¿con quién lo hiciste?, ¿cómo fue?, ¿de verdad duele?.

Me atacó con un sin fin de preguntas, sin siquiera preguntar el como me siento ante la decisión que tomé, en qué quedó mi libertad, en qué queda el libre albedrío que se supone que el ser supremo nos otorgó. El haber vivido mi libertad por una sola vez. Todo eso que tuve que pasar para tomar la decisión de hacer uso de mi libertad y de todo eso que la naturaleza me ha dado. Todo eso que ha sido despertado junto con mi crecer biológico. El placer que tanto vi prohibido.

Al no tener respuesta alguna con mi amiga y no dispuesta a responder preguntas de una adolescente morbosa que en vez de ayudar quiere aumentar su curiosidad y calmar su hambre de morbo, doy media vuelta y regreso a mi casa, presa de una confusión enorme. Regreso, sigo pensando y doy vueltas en mi cabeza al asunto. Busco una respuesta, una respuesta a lo que acabo de hacer, no sé por qué no encuentro la respuesta, sólo pido eso: ¡una simple respuesta!

Llego a mi casa, ni siquiera veo a mis padres, subo intrépidamente a mi recámara, a mi santuario personal y sagrado. Me veo al espejo, mi rostro refleja mi duda, en mis ojos se puede ver todo lo que dentro de mí está pasando.

- Hoy tuve sexo – me confesé a mí misma.

Tuve mi respuesta, recordé la costumbre de recopilar frases y anotarlas en la pared de mi cuarto a manera de recuerdos. Volteé y una frase saltó a mis ojos a manera de la respuesta que tanto anhelaba:

Lo humano no avergüenza.