3 de noviembre de 2009

Manifiesto gustista

No descubrí que me gustaba fumar hasta que compré mi primera cajetilla. El alcohol se hizo uno de mis acompañantes de fin de semana cuando empecé a procurarlo. Mis amistades son lo que son a partir de que tuve la conciencia de que compartía mucho con ellos. Por eso, tardé algo de tiempo en darme cuenta de que una mujer me gustaba.

Desde que tengo uso de razón, incontables cosas han ido gustándome sin darme cuenta. Hay muchas de estas que empezaron con un "no" o incluso con un "¿estás loco? ni de pedo". Eventualmente, se hicieron vicios interminables. Es bien conocida mi afición a fumar, así empezó todo: de nada sirvió declararme incontables veces en contra de algunos de los vicios malignos -pero, ah, qué placenteros resultan en ocasiones- que tienen los humanos. Eventualmente, tenía que caer. En fin, bien dicen que si no puedes contra ellos, úneteles.

En los años mozos era fácil darse cuenta cuando a uno le gustaba una fémina: bastaba con ver un par de senos prominentes o una cara bonita -claro, siempre y cuando los uniformes escolares lo permitieran-. Declaraciones de amor que terminaban en un partido de fútbol, la carrilla que se empezaba a gestar por juntarse con el "bando contrario" y las demostraciones dignas de la película más cursi derrama miel de la cartelera veraniega: eso es el amor de secundaria.

Pasan los años y las cosas cambias. O no son necesarias ya las curvas y la cara bonita o tienen que ir adicionados a otras situaciones: gustarles los mismos grupos fresitas/disidentes de moda, gustos parecidos en ropa y en lugares donde "pasar la tarde". Cercanía con el domicilio -enfrentémoslo, pocos han sido los agraciados con automóvil en sus primeros años de prepa- eran las características que dominaban. El tiempo pasa, uno cambia -y hay cosas que no puedo cambiar- por lo que todo se distorsiona de una manera rara pero comunmente estudiada. En una ocasión, se acercó un compañero a compartirme la confidencia de que le gustaba una chava que solía juntarse con sus amigas cercano a nuestra zona de fumar. La pregunta obligada -o ni tanto, será que me dio un achaque de vejez a tan temprana edad- fue: "¿cómo te diste cuenta?" Obvia decir que no pudo responder la pregunta, solamente se abalanzó sobre ella para ser feliz por unas cuantas horas -lo que le duró el noviazgo, después de un cuasi cortejo en el cual no había nada claro-.

Para mí, el saber que me gusta una mujer fue cambiando. Fruto de las tantas reflexiones que hago en la banca que estoy sentado -ahora no hay bullicio, hay una calma con un eco de ciudad en un intento de bosque en el cual se añoran más las sombras que nada- es esta: ¿cómo me di cuenta que me gustas? Notarán que parece que la pregunta tiene destinatario. Una de las cuestiones más grandes que he tenido que resolver es dar cuenta de mis sentimientos: cosa rara, estúpida e inútil, si se le piensa fríamente, pero que puede dar tanta claridad en algunos asuntos. Todo esto viene derivado de un amorío infructuoso y no realizado que tuve. Esa, precisamente, fue la pregunta que acabó con todo.

No quiero exaltar todas tus cualidades. Puedo decir que me gusta cuando traes el pelo suelto, que sonrías casi de todo y que te des tiempo de ser seria. Que te guste cultivarte intelectualmente y que demuestres también interés en tu imagen externa -afortunadamente no raya en la vanidad extrema-. Podrían pensar que pasaría los siguientes teclados diciendo que los nervios me atacan cuando me haces una pregunta directa o cuando por una extraña razón posas una de tus manos en alguna parte de mi fisonomía. Puede que tengan razón, puede que nunca lo sepan. Bien puedo dejar de escribir aquí, pararme e irme a un lugar donde no me esté atozigando tanto el sol. O bien, podría nunca decir el por qué me gustas tanto. Descúbrome constantemente buscándole. Inconscientemente necesito su presencia y noto su ausencia. Toma mucho tiempo aire en mi cabeza su nombre. ¿Será así de sencillo? Sería necio continuar con estas líneas. Estoy declarando un concepto, no confesándome. Es, sencillamente, no me importa desperdiciar el tiempo contigo, al contrario, quiero hacerlo.

Darse cuenta. Recuerdo muchas mujeres que llegaron diciendo: "creo que le gusto a Fulano".

¿Apoco no te diste cuenta?

27 de octubre de 2009

El primer paso

Los cafés suelen ser refugios recurrentes para gente que quiere sentir una soledad incierta en una multitud bulliciosa. Dependiendo del horario en el que acudamos a estos lugares, podemos encontrar diversos tipos de compañías silenciosas -y ruidosas, si les prestamos atención- que pueden disparar nuestra imaginación y llevarnos a crear historias fantásticas no tan alejadas de la realidad de algunos.

En esta ocasión, como paraje de uno de mis tantos viajes, escogí una cafetería bastante concurrida, en la cual puedo sentarme plácidamente, a mis anchas, a fumar un cigarro mientras disfruto del primer café de la tarde. Observar el tránsito que es voluminoso en esta zona, en lo que pongo orden a mis ideas y me obligo a sacar mi artilugio tecnológico que le ahorra bastante trabajo a mi muñeca. Evitar las redes sociales y los mensajeros es un problema, sobre todo cuando no tengo una idea clara sobre qué quiero divagar en esta ocasión. Dicen que el barullo ayuda al ocio creativo, pero varias veces me he encontrado tomándole particular atención a los que están a mi alrededor: desde los señores que juegan a sacar "pa' los cigarros" del día al dominó, hasta los amantes -o prontos a serlo- que intercambian miradas furtivas en vez de palabras.

En esta ocasión, una pareja en particular ha captado mi atención. Llegaron poco después de mi arribo a mi mesa de costumbre -me gustan los rincones, por aquello de dominar de mejor manera el panorama. Además, mi vicio me ha orillado a ocupar estos espacios-. Café para él, un té para ella. Casi no cruzan palabras, pero la distancia se va reduciendo cada vez más. Él, intentando disimular estos acercamientos, hace ademanes exagerados con las manos, intentando producir un encuentro inesperado con las de ella. Ella, por su parte, aparenta estar impasible, más se revuelve en el asiento, con una muestra de ansiedad matizada con la mirada que esconde. Miradas escondidas, son las que expresan más de lo que creemos.

Es curioso el cómo se desenvuelven estos dos. A pesar de que no escucho ni un ápice de su conversación -de qué me serviría ser mirón, más bien me sentiría como el paparazzi de los mortales- puedo imaginar tantas cosas que pueden estar platicando. O él se muere por ella, o ella le dio entrada a algo y el pobre no sabe cómo empezarlo. Podrían ser dos jóvenes de secundaria que apenas se inician en los caminos del amor. Con las nuevas generaciones como están, no me extrañaría. El romanticismo está devaluado. Ya no bastan las cartitas dejadas a escondidas en los escritorios/lockers/mochilas, ahora ya es necesario el nick revelador en MSN y el consecuente en Facebook. Los montones de aplicaciones hechas, suspirando porque el/la destinatari@ se de cuenta de que es el provocador de esas actidudes, y vaya que estoy dejando de lado ese mito urbano de entre más caro, más te quiero. Supongo, más no afirmo, que uno de los casos que puedo pensar -y que no necesariamente digo-, es el que sucede.

Finalmente, los ademanes cesan y él postra sus manos en la mesa, entrelazadas la una con la otra, con la mirada fija en ella. Ella, intenta refugiar su mirada en los alrededores. Busca desesperadamente que aparezca alguien o algo que la haga desviar el tema -aquí es cuando los importunios de los meseros se vuelven útiles-, sin tener éxito alguno en su empresa. La expresión de él torna de ser cuestionante a decepción, desgraciadamente, no esperaba este tipo de reacciones, y menos de ella. El silencio se prolonga, unos segundos si me preguntan a mí, pero si le preguntamos al pobre hombre, se le ha de haber hecho una eternidad. Por fin, ella responde algo. Por la brevedad de su respuesta, aparenta ser un monosílabo. Aquí es cuando mi ocio se convierte en morbo, incluso en interés genuino. Observo detenidamente, entro en un nirvana extraño, otro cigarrillo, computadora encendida, a teclear.

Una confesión amorosa, hecha por cualquier medio. Desestimada, tardía, seca, falta de emociones. Desbordando emociones, mal correspondida. Final, principio, causa, efecto.

"Después de mucho tiempo, por fin tomé el valor de decirle, de frente, algo que en incontables ocasiones le he dicho indirectamente. La cité en este pequeño lugar, al que nunca había venido, pero que me recomendaron ampliamente. La recibí en la puerta. Ella, como siempre, hermosa. Es fácil descifrar sus gestos, su seriedad no parece permanente, su sonrisa cruza toda su cara. Su ser, vaya inspiración.

No niego mis nervios, sé que no es la primera vez que le confieso a alguien que me gusta. Sencillamente, en esta ocasión me gustaría que fuera algo mejor, quizá, por primera vez estoy deseando algo para mí. El desinterés de saber si la otra persona siente lo mismo que yo es algo que tal vez me ha llevado a incontables fracasos. No podría decirlo, pues nunca tuve el valor de preguntar si siquiera alguna vez me consideraron como opción, o peor caso, si me vieron como hombre. El temblor de las manos lo disimulo diciendo que es una condición de familia. Quiero un cigarro, uno, aspirarlo profundamente. Entramos al café, siéntate. Ella no toma café, tenlo en cuenta. Pide uno, no, tonto, que ordene ella primero. Nervios, malditos nervios. El primer cigarro. Sonríe, no te muestres dubitativo. Decídete, ¿no que esta era la buena?

Conversación rompehielos. Qué tal estuvo el día, qué hiciste, te costó trabajo llegar, te ves muy bien. Dándole rodeos a algo eminente. Cigarrillo en una mano, el encendedor en señal de juego en la otra. Tu cabeza está en otro lado, tu cuerpo desparramado en el equipal. Está cómodo, pero concéntrate, no vienes a eso. No le quito la vista de encima, me pone cada vez más nervioso. ¿Recuerdas todo lo que dijiste antes? Eso ya quedó solucionado, los que salgan afectados o que se aclimaten o que... reclamen.

Llegaron las bebidas. El café está caliente. Voy a saber a café y a cigarro, bonita combinación. Todavía ni sé si la voy a besar y ya estoy desvariando en eso. Lord Byron viene a mi cabeza. El momento y el lugar no existen, se crean. Crea el momento, ya conoces la mitad de la respuesta. Suéltalo. No, no de golpe. Gradual, dile que te gusta. Probablemente ya se dio cuenta. ¿Qué puede pasar? Ideal sería que tú a ella también, pero eso todavía no lo sabes y probablemente nunca lo sabrás. Venga, pregúntale. Ya, pues, le pregunto.

- Todo esto, solamente para decirte que me gustas."

El final, desgraciadamente, es lo difícil de plasmar. Cada quién quiere su propio final. Yo sé cuál quiero, el problema es que no depende completamente de uno.

20 de mayo de 2009

Vagando por la vida.

Solía tener la costumbre de recorrer lugares algo concurridos en busca de una historia que pudiera llenar el espacio que tengo como bitácora personal. La vida de sofá se torna aburrida, y la blogósfera está plagada de espacios de vómito mental y tarugadas. Le quise dar un giro inesperado a ese pequeño espacio buscando no estancarme en las líneas de siempre. Por eso, me encuentro un muy bien tramo lejos de ese sofá en el que mis manos hablan. Siguiendo esa costumbre, camino, con mi morral, audífonos y un cigarrillo encendido, observando mi alrededor.

Básicos para salir en estos viajes son los cigarrillos: a pesar de que me quitan minutos de vida y en ratos dejan asqueada mi boca, son un buen matatiempos. En el morral no pueden faltar la libreta, la pluma -bien dicen por ahí, si no confías en tu cabeza, anótalo en tu mano-, una botella con agua, el reproductor mp3 genérico intercambiable -no estamos de modo de poseer un ipod- junto con algo con qué encender los cigarrillos y una que otra chuchería que voy adquiriendo en mis jornadas. Ropa cómoda según el clima y ánimos de tener la posibilidad de perderse.

Precisamente hoy es uno de esos días, de los buenos. Acabo de recorrer el tramo que va desde la Plaza de la Liberación hasta el Cabañas, de ida y vuelta. Me detengo a comprar un refresco en una de esas cadenas que parece que será una de las grandes herencias que les dejaremos a futuras generaciones para mitigar un poco mi sed. Una de las jardineras será mi guarida por unos momentos, en lo que disfruto de mi bebida y de otro cigarrillo -estos viajes hacen que no pare de fumar-. Unas cuantas anotaciones y estaré listo para regresar a mi casa.

Abordo de mi vehículo, escuchando un poco del rock clásico que me fascina, voy cocinando un poco las líneas que llegaré a expresar. El día fue bastante fructuoso, pues se escuchan buenas historias en la fila de esos famosísimos lonches. Igualmente, es curiosa la dinámica familiar que manejan en diferentes lugares. Vastas ideas, todas un tanto confusas. Maquinalmente, enciendo otro cigarrillo para poder aclarar la cabeza -y los pulmones se quejan-, en lo que me acerco al final de la jornada. El día transcurre con las ideas finalmente plasmadas. El sofá vuelve a ser mi guarida, he vuelto a mi hogar. Planeando la siguiente salida, ahora será bueno recorrer los alrededores cercanos, pues vivo en una colonia repleta de parques, a pesar de que no se vea mucha gente en ellos. Un último cigarrillo después de bañarse, y a la cama. Fresquecito, a dormir.

19 de mayo de 2009

No lo puedo cambiar

Toda la vida me la he pasado pensando en cosas que puedo cambiar, en las que puedo controlar. Hay impulsos de la vida que gustaría poder aguantar, otros que ojalá hubieran sido no tan controlables. Dejarse llevar una vez, con eso habría sido suficiente.

Ahora que me retiro de ese lugar donde solíamos encontrarnos. Con toda esa livianez que ya siente mi corazón, es cuando pienso nuevamente en esas cosas que no puedo cambiar. Tal vez no puedo cambiar la noche por el día, ni quitar la lluvia y poner el sol. No puedo hacer que el lunes sea jueves, ni que te haya encontrado esa noche fabulosa. No puedo cambiar el color de tus ojos, ni el hecho de que te guste vestir de una manera u otra, las cosas que no puedo cambiar son las que más me dejan el sabor de boca que llevo en estos momentos.

Camino, no voy muy lejos. Saco un cigarrillo y antes de prenderlo pienso que eso es una cosa que puedo cambiar. Puedo cambiar mis hábitos, mi manera de hablar, incluso el lenguaje en el que más me expreso. Podría cambiar mis gustos, pues esos se han transformado al paso de los años. Puedo cambiar la manera en que me dirijo a tí, elegir nuevas palabras para expresarme. Quizá intentar algo nuevo, no estancarse. Ese cambio suele ser necesario. Prenderé el cigarrillo de todas maneras.

Me pedías que nada cambiara. Desde ese momento cambió. Esa frase hizo que se mitigara un poco mi temor, esa represión que tiene mi corazón desde hace muchos años de abrirse ante la persona a la que se le quiere entregar. No puedo cambiar tu decisión, quizá no en este momento. Tampoco puedo cambiar que mi corazón te deseé en cada momento que pienso en tí. Eso no cambiará. Puedo cambiarlo, pero no quiero. Si el corazón es valiente y la vida lo quiere, tendrá su recompensa.

Se acabó el cigarrillo, sigo caminando. No puedo cambiar que las cosas sigan su curso, no puedo cambiar vidas, puedo hacer una diferencia. Las palabras se quedan bastante grabadas en mi cabeza, siguen rondando por ahí. Otro cigarrillo, qué más da. No puedo cambiar la manera en que vivo mi vida, pero tal vez sí puedo cambiar lo que espero de ella. El camino se hace cada vez más corto, es hora de tomar una decisión. Son tantas las cosas que no puedo cambiar, y aunque pudiera, quizá no lo haría. No puedo cambiar la ciudad en la que nací, y no me gustaría, no puedo cambiar la época en la que nací, todo lo que ya pasé no lo puedo cambiar. Algo que sí puedo cambiar es lo que pasará adelante. El cambio ya suena repetitivo en mis líneas, y aún así sigo llegando al mismo punto. El cambio requiere decisión, y la decisión que tomé requiere espera. La espera será larga o será corta, eso no lo puedo cambiar, lo que sí puedo cambiar es la manera de escribir el final de esta historia.

3 de febrero de 2009

Aprender a volar

No es tan desconocido el panorama. Camina, sin rumbo, dice a veces, pero sabe perfectamente hacia donde va. El piso todavía tiene las marcas de la última vez que caminó por ahí, no lo ha olvidado. Restos de lágrimas y sangre por todos lados, las marcas de siempre. ¿Aprendizajes? Parece que no. La imagen del espejo, lo único que ha cambiado son las líneas tan finas que, según le dicen, no se alcanzan a apreciar todavía. Las marcas que deja la vida en la cara se ven, sentencia que ha tenido siempre presente. Las marcas que deja el amor, en el corazón se ven, no lo olvida.

No levanta la cabeza, pues parece que su diálogo interno es muy encarnado: ¿qué hacer? Si bien sabe que no es la primera vez que se presentará, levantará la cabeza y tomará una decisión. No es nuevo en eso de volar alto y aspirar a mucho: el que no arriesga no gana, siempre lo ha pensado, pero jamás lo ha aplicado. Un lado, una voz, la razón, el corazón. El corazón tiene pensamientos que la razón no entiende. Hay que saberse guiar por ambos, por más ambiguo que parezca. Parece no inclinarse por ninguno de los dos: si bien siempre ha sido más racional, esta vez su corazón grita con fuerza, pidiendo aunque sea revivir la emoción de la ilusión del logro. La razón le pide que no regrese a ese lúgubre camino que ha recorrido más de lo que ha querido. No vale tanto la pena. Tú no lo sabes. Diálogo tenebroso, que no me atrevo a capturar aquí, pero que más de alguno lo ha de conocer. Darle vueltas una y otra vez a la situación, poner todo en la balanza, aventarlo todo y correr, lanzarse al ruedo. ¡Decisiones!

Llegó, el trayecto se hace corto con esa marejada de pensamientos. Ahí está, con la mirada interrogante. Siempre esa media sonrisa que te ha robado muchos suspiros. Su figura, su cabello. Los hombros siempre descubiertos, donde le gusta posar sus manos. Darle calor, transmitirle algún sentimiento a través de sus manos. Ojos pequeños pero expresivos. A pesar de su gusto por los ojos claros, siempre se ha enamorado de unos ojos negros. Cuestionan siempre, reciben pocas respuestas. Ahí está, esperando algo. Quizá el momento de decirle que no pierda su tiempo, que simplemente retroceda. Quizá le dará tiempo suficiente para decir lo que siente, a pesar de que sabe que le cuesta mucho trabajo. Él simplemente se limita a mirarle.

Querer dedicarle muchos prodigios, cantarle una canción. Una rosa, tal vez. Buscar su mano, mirarla profundamente a los ojos. Sonreír cada vez que piense en ella. Todo lo hace, o quiere hacerlo. No tiene nada qué perder, pero las marcas del corazón ya son muchas. Por una vez, quiere triunfar. Ella, no sabe. Quiere ser feliz, quien no querría, la pregunta es si aceptará el corazón que se le está ofreciendo.

Busca una sencilla razón para hacer todo. Encontrarla, es lo que cuesta más trabajo.

9 de enero de 2009

Ases

Salen las primeras tres cartas, el flop más interesante de toda la noche. Mis ojos no pueden creer las cartas que están viendo: por primera vez en toda mi vida me encuentro con un Royal Flush, la mejor mano de todas en el poker. Intento no vacilar, no puedes saber que tengo la mano ganadora. Aún te quedan dos prendas, y estoy dispuesto a que las pierdas en esta mano.

Llevamos gran parte de la noche jugando así, al borde de la excitación perpetua. Propuse el juego, tú, con una sonrisa maliciosa, aceptaste. No tardó tu mente perversa en imaginarse todo lo que iba a suceder. No fue necesario ningún tipo de convencimiento, solamente buscamos una baraja en los cajones -recuerdas bien que me regalaste una-, un par de botellas de whisky para calmar la sed, suficientes cigarrillos y algo de música. Mi ipod hará el truco.

Acercamos los sillones a la mesa de centro. Con cuidado, hay que quitar los floreros que mi madre me proporcionó al comprarla. "Tienes que tener algo vivo en tu casa", recuerdo bien esas palabras. Si viera que lo vivo que hay es fuego, pasión, desenfreno, creo que no estaría del todo satisfecha. Completada la operación, escoges el sillón individual. Siempre te gustó, no solamente porque ahí cogimos como locos la primera vez, sino porque es verdaderamente cómodo, sobre todo para la empresa que tenemos entre manos.

Te pido que pongas las reglas. Sonriente, me dices que las ponga yo, pues fue mia la idea de hacer tan sensual juego. El procedimiento será simple: jugaremos Texas Hold'Em, aunque sabes que será difícil ganarme, te conozco a la perfección. En cada ronda apostaremos una prenda de ropa, sin importar el frío que está haciendo, que cada vez se hace menos por la calentura creciente que nos ataca. Reglas simples. El ganador podrá retirar la prenda, si es que el perdedor lo desea así. ¿Quedó todo claro?

Empezamos, entramos en calor. Con la primera copa entre las manos, te doy confianza y hago que pierda mi chamarra. La emoción de la primera mano ganada te da ánimos, la primera prenda perdida, aunque muy accesorial, te excita un poco. Tu mente ya recorrió de nuevo todos los momentos que hemos pasado, mas ninguno como este. Nos invade el deseo, queremos brincar uno encima del otro, pero hay que jugar. Las cartas decidirán quién sucumbe primero. Recuerdas bien esa frase que suelo repetir cuando juego: 10% suerte, 90% estrategia.

Tu confianza sigue acrecentándose, ya me hiciste perder la camisa. Todo por el par de ases que te salieron desde el principio. Crees que ya conoces mi juego, pero, mi vida, aún no has visto nada. Perdí los pantalones, me quedo en los boxers que tanto te gustan, esos que, según dices, resaltan uno de mis mejores atributos. Mientras me quito los pantalones, no dejas de posar la vista ahí. Ya sabes que hay debajo de esa tela, pero mueres de ganas de descubrirlo. Con tu confianza ya ensanchada, es hora de sacar mi verdadero juego.

En una mano te hago perder tu suéter. Noto que llevas poca ropa debajo. No puedo dejar de ver tus senos debajo de una de las tantas blusas que tienes, de esas blusas de tirantes que a tantos hombres nos hacen perder la concentración. Es muy pronto para sucumbir, el juego apenas empieza. Suerte, empiezas a creer, porque no había ganado una sola mano en toda la noche. Se consume la primera cajetilla, la botella de Chivas no tarda en morir. Es momento de ir por otra. Decidida, te levantas y te diriges al pequeño bar que procuro tener siempre bien servido. Tomas otra botella, y jugetonamente traes más hielos, con tus manos dentro adrede: quieres que vea tus pezones. Dentro de poco jugaré con ellos hasta hacerte perder la razón. Total, no será la primera vez.

El juego se pone interesante, con la peor mano que me pudo haber salido, te dejo en tu bra negro, con transparencias. "Sabes que me gusta", pienso para mis adentros. Venías preparada para lo máximo, siempre lo estás. También perdiste los pantalones. Te levantas y empiezas a contonearte sensualmente. "Te voy a mostrar lo que he aprendido en mis clases", siempre te lo había pedido. La música empieza a trabajar a nuestro favor, un jazz bastante sabroso empieza a sonar. Tus caderas se mueven al compás de la música. Contengo mi respiración, no doy crédito a lo que veo. Adiós pantalones, hola ropa interior. Apuro mi copa de un solo trago, siento el whisky que baja por mi garganta, sin quemar, ya más caliente no puedo estar.

Intentas sacarme de quicio. Mientras barajeo las cartas, metes la mano por debajo de tu tanga. Empiezas a hurgarte, a tocarte. Veo como empiezas a retorcerte, presa del masaje que le estás dando a tu clítoris. Mi punto débil, y lo sabes bien. Cuando estoy contigo es cuando me sale lo voyeurista, no puedo evitar excitarme ante el espectáculo que me estoy llevando. Intento mantener mi cabeza fría, pero ya está más caliente y parecida a un volcán en erupción. Es cuestión de tiempo antes de que se aproveche ese calor.

Ha llegado el momento decisivo, has apostado el resto de tu ropa interior contra la mía. Salen las cartas que no esperaba. Dos ases más, completan el turn y el river. Sonríes, creyendo que ya me has vencido. Te muestro una cara de sorpresa, para que creas que seré el primero en despojarme de la ropa. Muestras tus cartas ya deseosa de quitarnos la ropa y empezar a manosearnos, el calor ya es insoportable. Justamente la carta que esperaba que tuvieras: un as de corazones, que en conjunto con los otros tres de la mesa, hacen un poker de ases. "Creo que te gané, amor", no paras de sonreír.

- Será otro día, porque hoy, gano yo.

Destapo mis cartas: un rey y un diez de espadas. Te sorprendes, buscas las cartas de la mesa y ves lo que no creíste encontrar: una reina, un joto y el as de espadas. Escalera imperial, llámale como quieras. La mano invencible en el poker acaba de decir que tendrás que perder tu ropa. Ya recuperada de la sorpresa, te levantas y te acercas lentamente a mi. "Quítamela", más parecía que me rogabas a que me lo ordenaras. Ya no puedes más, lo sé. Te quito el sostén, tus senos al descubierto. Tus pezones en mi boca, pequeños brincos los que das, gemidos casi imperceptibles. Ahora mis manos atacarán tu discreta tanga, siento tu humedad. Ya no puedo más, te retiro la tanga y te acomodo encima de mí. Mis manos no se separan de tus senos, las tuyas buscan librar mi pene de su prisión de tela. Batallas un poco hasta que lo logras. Te hundes en mi firmeza, con movimientos rítmicos empezamos a coger, empiezan a presentarse gotas de sudor. Siempre me ha gustado esa imagen: encima de mí, con tu cabello cayéndote por encima de la frente, con pequeñas gotas de sudor, jadeante, excitada, apunto del orgasmo.

Cogemos, sin parar. Pides más, más rápido, más profundo. Terminas en un orgasmo prolongado, que te hace caer rendida en mis brazos. La explosión del placer es lo mejor de todo. El preámbulo es inmejorable. Nos invade un cansancio sensual. El primer round ha terminado, todo por culpa -o por fortuna- de la extrema excitación de la cual ya estábamos presos. La noche apenas empieza, no es momento de rendirnos y todavía tenemos energías para gastar. Te retiras de encima de mi y empiezas a caminar hacia el cuarto. Puedo verte perfectamente, preso todavía de una dureza que no había experimentado hasta la fecha. Caminas sensualmente, tocándote los senos. No lo pienso dos veces, voy a tu encuentro.

Logro interceptarte apenas en la entrada del cuarto. Con un poco de violencia te volteo y te beso profundamente. Ese tipo de besos me encantan -y tú particularmente sabes hacerlo bien- y se prolonga un tanto. No es momento de ponerse cursis, por lo que maquinalmente tu mano busca mi pene. Todavía está enhiesta, sabes que soy de carrera larga. Bajo lentamente mis manos por tu espalda hasta llegar a donde esta pierde su nombre: tus nalgas, lo que más me gusta de tí. Te tomo de a cartón de chela y te levanto. Enredas tus piernas alrededor de mi cintura para afianzarte mejor. Nos dirigimos a la cama, todavía no paramos de besarnos. Justamente en el borde me agacho para recostarte en ella. Me sueltas y en vez de acostarte, te sientas. Me tomas entre tus manos y empiezas el fellatio. Un vaivén de por sí placentero, aderezado por tu lengua que se mueve alrededor. Miras hacia arriba, para contemplar mi cara de pérfido placer. Tomo tu cabeza entre mis manos y te pido que no pares. Pronto me vendré, por lo que utilizas tus viejos trucos para evitar que eso suceda. Te retiras y empiezas a recostarte en la cama. Abres las piernas, me dejas ver ese monte de Venus perfectamente depilado. No dejas de tocarte.

No me iba a negar ese festín visual, por lo que decidí comerlo. Lentamente empecé a recorrer tus muslos, hasta llegar arriba, a sentir cerca tu humedad y sentir cómo te retuerces mientras me acerco a tu vagina. Pequeños y tímidos lengüetazos te arrancan suspiros entremezclados con gemidos. Mueres de placer ante eso que me gusta hacerte. Comerte completita, muchas veces te lo dije. Tomaré mi tiempo hasta que no puedas más, ya que tu respiración se acelere más y sin avisar te penetraré para seguir con la faena. Cambiamos de posiciones, las que frecuentamos normalmente, hasta terminar de nuevo tú encima de mí. Te encanta dominar, me encanta tenerte por encima. Nuevamente esa imagen celestial se presenta: alcanzas el clímax, sonríes y gimes de placer, música para mis oídos. Caes a mi lado, prendemos un cigarrillo para recuperar fuerzas. El poker se extiende por muchas horas. Sigues húmeda, mi erección sigue.

¿Quieres subir la apuesta?

11 de junio de 2008

Cigarrillos

Este es un pequeño ensayo que escribí para una clase en la Universidad, titulado Yo fumo, el fuma, yo soy libre, tu también. El tema es la libertad, enfocada principalmente al tabaquismo. Disfruten. Está abierto a discusión.

Estando en una clase en la universidad, alguno de los alumnos que estábamos ahí presentes reprendió o cuestionó al maestro por su hábito de fumar. En todo caso, a mi percepción no fue por el hábito, sino por los momentos que escoge para fumar, que son intervalos pequeños de clase, el inicio de la sesión o el final de la misma; ante tal aseveración que hizo mi condiscípulo, el maestro respondió algo que me llamó mucho la atención y que cito íntegramente: “no fumes, no tomes, no te desveles, no andes con mujeres fáciles, no tengas vicio alguno... y morirás muy saludable”.

¿Qué es la libertad? Tal vez muchas veces nos lo hemos preguntado, pues nuestra naturaleza humana nos manda ser curiosos, y estamos dotados de inteligencia precisamente para eso: para cuestionarlo, dudar y encontrar la verdad de todo lo que tenga certeza alguna o que pueda ser catalogado como tal. Respondamos primeramente a la pregunta con la siguiente definición: “la libertad es un instrumento de la voluntad natural que permite la elección de medios para alcanzar la felicidad, que es el fin último del hombre”. ¿Qué podemos observar en esta respuesta? De manera concreta sólo dos cosas: una, que la libertad es un instrumento, y como instrumento sirve a fines propios; dos, que la felicidad es el fin último del hombre, felicidad que puede ser atribuida tanto a realización personal, acumulación de bienes materiales, o metas tan pequeñas como las de empezar un negocio propio, aprender a manejar, saber tocar algún instrumento, etc.

Ahora bien, entendiendo la libertad como instrumento para alcanzar la felicidad, podemos inteligir que si la tomamos como herramienta, encontraremos que tenemos dos variantes: tanto nos puede ayudar como nos puede destruir. ¿Por qué aseverar que destruye? Recordemos y reconozcamos que, como toda herramienta, si no se usa de manera adecuada representa un riesgo para la persona que la utiliza, pues todos, o la gran mayoría que se conciba a si mismo como un ente pensante y tenga tres dedos de frente, sabemos que, usando de manera incorrecta un encendedor podemos terminar quemándonos la mano. La herramienta de la que se vale la libertad (al ser esta también una herramienta, llamémosle por consiguiente a la que sigue complemento, o usando un anglicismo, un plug-in) es la decisión: decisión es la contemplación de dos o más opciones, dos o más caminos, dos o más marcas de ropa; después de la contemplación pasamos a la elección, y la elección es el fin último de una decisión.

No podemos decidir si no somos libres, no somos libres si no tenemos la capacidad de decidir. A esto respondería mi buen amigo Sartre con algo como: 'estamos condenados a decidir', esta decisión nos exige ser lo que somos y manifestar nuestra esencia: ser humanos.

De esto precisamente estoy apunto de hablar, de la decisión. Cuando hablamos de un fumador precisamente lo primero que se piensa es en un vicioso, no necesariamente en la concepción ortodoxa que se tiene del mismo, la cual es alguien desaliñado, con pinta de delincuente, probablemente adicto a alguna sustancia tóxica. Exactamente esta postura deseo abordar: el vicio. Estamos de acuerdo en algo: un vicio no puede ser obligado, a menos de que existan circunstancias extremas como en la segunda guerra mundial, en la que los alemanes hacían adictos a la heroína a todos sus prisioneros de guerra; bajo este supuesto presento lo siguiente: el vicio se toma, mas no se induce, ¿qué busco con esto? Sencillo: NADIE de las personas que fuma, fuma por obligación o empezó a hacerlo bajo presión. A este punto ha de surgir en el lector el supuesto de que existe una presión social o de marketing hacia que la persona fume, le puedo contestar que eso no es cierto y lo demuestro con lo siguiente: observe algún anuncio de cigarrillos, ya sea Marlboro, Lucky Strike o cualquier otro que tenga avisos en la vía pública; ahora pregúntese: ¿observa a alguna persona fumando o en actitudes de que fumar es una obligación? Puedo asegurar que su respuesta es negativa. El creciente número de fumadores se debe simple, sencilla y llanamente a la capacidad de elección, que tenemos todos los seres humanos, pues de poner un ejemplo, el primer paso para que yo empezara a fumar es que me entrara la curiosidad, puesto que mi padre fumaba, por lo que yo decidí probar en vez de que me contaran.

Asimismo, yo tomé una decisión, el vecino que fuma realizó la misma acción, todas las personas que tenemos un cigarrillo prendido en este momento decidimos, elegimos hacerlo, ¿y por qué? Porque tenemos la libertad de hacerlo o no. Aquí entra algo muy interesante: como toda decisión y como buen uso de la libertad, toda elección conlleva unas consecuencias, ya sean positivas o negativas. Con consecuencias relacionadas a este tema me refiero a las repercusiones sociales que tiene la imagen de un fumador activo. Por mencionar algunas se tiene la de que tienen “mal olor”, la pérdida de pulcridad podrían decir algunos, incluso la pérdida de algunas amistades, pues hay ciertas personas que no toleran a los fumadores, ya me ha tocado querido lector. Entre las demás consecuencias que podemos encontrar están las de la salud: yo, al ser una persona libre y consciente de mi libertad, estoy aceptando, por el simple hecho de fumar, consecuencias tales como posible cáncer o enfisema pulmonar, tos recurrente, falta de aire, pérdida de condición física y demás enfermedades relacionadas con el tabaquismo. Pero he aquí el punto del presente ensayo: al igual que una persona puede elegir casarse joven, permanecer virgen hasta el matrimonio, no tener hijos, no cortarse el cabello, hacerse un piercing... todo esto, igual que esa gente, el fumador tiene la libertad de tomar una decisión, por más mal vista que sea por la sociedad en general; simplemente, en sentido estricto, aunque sea un daño a largo plazo de la persona, nadie puede influir en la libertad de los demás.

Continuando, ¿cúantos millones de personas mueren cada año por causa del tabaquismo? Serán millones, miles, cientos o decenas, el punto es que mueren. He de decir, querido lector, que a este punto la naturaleza humana se me hace un tanto graciosa: el asunto es que nos estamos preocupando últimamente por cosas que muchos sectores de nuestra sociedad ven como conductas 'malas' o de vicio, como el tabaquismo. Misteriosamente, estas condiciones a veces son más sonadas o renuentes que asuntos de mayor cuidado y que merecen mayor atención. Estoy de acuerdo que la base para que una sociedad es la educación, pero anuncios como los de “fumar mata” de la secretaría de salud, en vez de enseñar algo, recurren a la satirización o, mejor dicho, satanización de las condiciones humanas: libertad, elección y que cada quien haga lo que quiera. Las leyes nos protegen de ser libres de hacer lo que queramos con nuestro cuerpo, exceptuando el atentado directo contra nuestra vida. Aquí el lector se estará haciendo la pregunta: ¿y el tabaquismo no es un atentado directo contra la vida? No mi querido lector, el tabaco no mata, mata lo que causa el consumirlo. Al fin y al cabo no nos podemos meter en términos médicos y filosóficos de que es el suicidio, prosigamos con el desarrollo de las cuestiones.

Ahora bien, muchas personas me han comentado en sendas ocasiones, sobre todo cuando estoy fumando, cosas como: “invades mi espacio personal” o “respeta mi decisión de no fumar”. Varias veces he respondido, siempre de una manera amable y educada, que mi decisión de fumar no influye en nada el hecho de que ellos no fumen. Sencillamente compruebo esto con lo siguiente: si estamos en un lugar común, poniendo un burdo ejemplo, las afueras de la cafetería central, yo prendo un cigarro y a la persona de la mesa siguiente no le agrada el humo del cigarro y me pide que lo apague poniendo por delante que invado su libertad de no fumar, simplemente no estoy invadiéndola, pues tan libre soy yo de fumar como ella de ocupar espacios en los que esté prohibido fumar. Puede sonar esto algo rudo, tal vez un poco grosero, pero si nos atenemos a la libertad misma, encontraremos este supuesto como válido. Ahora, los espacios reservados para fumadores no fueron creados con el afán de prevenir el consumo pasivo, no fue así, fue precisamente para evitar conflictos como el que tal vez hubiera causado si la situación hipotética que yo planteé hubiera sucedido. Así es, los espacios en los que está prohibido fumar son por lo general lugares cerrados inclusive si están bien ventilados, pero esto no tiene mucho que ver, pues si nos hemos dado cuenta, al estar en un salón repleto de personas, en el cual el aire no circula adecuadamente, el aire mismo se empieza a viciar produciendo somnolencia y, en algunos casos, jaquecas, este es más o menos el efecto que produce el humo del tabaco en un espacio cerrado. Supongamos un antro, por lo general lo único que se ve es una densa nube de humo, el cual es mezcla de las máquinas que lo producen y de los fumadores; en estos espacios no se prohíbe no porque esté aceptado, sino porque, si establecemos una relación económica o de gusto entre los fumadores, una copa rara vez no va acompañada de un cigarro.

Asimismo, dudo mucho que nos hayamos preguntado alguna vez si no existe algún producto de consumo humano que sea igual de dañino si se consume en exceso y que pase totalmente desapercibido. Esta pregunta muchas veces ha atacado mi mente, no necesariamente porque me preocupe por el número de muertes o por conocer productos de los cuales me tenga que cuidar. Todos sabemos que el alcohol en exceso causa cirrosis o borracheras interminables, el cigarro causa enfisema pulmonar... curiosamente hay otro producto que es dañino para la salud, muchos los consumimos y en realidad no nos damos cuenta de que también es peligroso: el queso. Tomando como ejemplo cito una cinta cinematográfica que se proyectó en nuestro país en meses pasados: “Tomando un ejemplo: los quesos de West Virginia son altos en colesterol, y esto ha causado numerosas muertes, ¿por qué sólo la industria tabacalera debe pedir perdón por toda la gente que, al igual que las personas que, por elección propia, consumen queso y mueren producto de sus consecuencias?”. ¿Sabía eso?, yo no. Ahora que conocemos uno de esos productos hemos de preguntarnos: ¿tenemos que condenar el consumo de todos los productos que, a largo plazo, producen daños a la salud humana? ¿Tenemos que dejar pasar desapercibido los riesgos que representan los que conocemos y los que no conocemos? Intentaré dar una respuesta de la siguiente manera: al parecer estaremos de acuerdo en que lo peor que le puede pasar a una sociedad es el olvido; olvido no sólo de la sociedad, de las personas, de las acciones, sino de actitudes de la sociedad, con actitudes me refiero a toda la serie de eventos que han surgido para condenar a las industrias tabacaleras por el producir, manufacturar y comercializar una fuente de miles de muertes cada año solamente en nuestro país; ante la cuestionante anterior, yo creo que deberíamos no ignorar y tratar de concientizar a la gente. No digo que se restrinja el consumo de tabaco, sino que en vez de hacer campañas publicitarias que lo condenen, mejor que informen, para así no meternos, ahora sí, con la libertad de los demás.

Concluyendo el presente ensayo, extiendo una invitación a todas las personas a las que les sea extensivo el presente trabajo: no dejemos que nuestros prejuicios y la mentalidad social nublen nuestro juicio. Dejemos de observar a personas que se matan a diario, personas que para ciertos ojos no merecen la vida que tienen puesto que, aunque saben que van a morir, aceleran ese encuentro con el ser del más allá. Propongo que empecemos a crear una cultura del respeto, de la tolerancia y de dejar de etiquetar a las personas y las acciones en que las mismas incurren. Siguiendo haciendo mi invitación, a dejar en paz, si eres de esas personas, a ese amigo tuyo que fuma, total, el es el que se está acabando sus pulmones, el tomó la decisión, aceptó las consecuencias y las afrontará cuando llegue el momento.

También quisiera extender una recomendación a aquellas personas que fumamos: no nos sintamos cosa del otro mundo, no es la primera vez que a alguien se le critica por sus hábitos. Sintámonos orgullosos de que tomamos una decisión y tengamos el valor de afrontar las consecuencias de haber elegido libremente cuando llegue el momento de hacerlo. Si eres una de esas personas que ya decidió, está conforme con la misma, no está influida de ninguna manera y está pleno, pues cree que le ayudará a alcanzar su fin último que es la felicidad: fume, si no sabe, pregúnteme como.