26 de noviembre de 2007

Cartas a una locura consciente

31 de octubre

Por primera vez me pude dar cuenta de qué es lo que realmente me pasa cuando me miro en el espejo: no solamente puedo escrutar lentamente y en silencio mi semblante, siempre el mismo al observarme, sino que puedo ver de manera muy discreta y un tanto amenazante a todas esas personas que me siguen. No es la única ocasión en la que me he percatado que, aún estando en la privacidad de mi habitación, en cualquier lugar cerrado, siempre hay alguien detrás de mío: muchos, pocos, incluso nadie, pero a la vez un mundo de personas que se refugian pacientemente en ese reflejo lejano del espejo.

Le miro, y sé que me mira, le veo con odio, con estupor, con ira, con muy poca paciencia, él hace lo mismo, o incluso más. Analiza todos mis movimientos, la barba tupida que he estado recortando pacientemente, mi mirada perdida, considerada por muchos como dos pistolas humeantes apuntadas al vacío. Logro mantenerle la mirada, pues a pesar de ser un completo desconocido para mí, en sus ojos veo algo muy parecido a lo que yo expreso con los míos. No encuentro razones por las cuales me sigue: no tengo nada de valor, hago todo lo que puedo lo mejor que alcanzo, no soy una persona excepcional, simplemente soy yo. No lo puedo apartar, a donde quiera que me muevo, aunque no le vea, sé que está presente, su mirada me penetra, me hace dos hoyos tremendos en la espalda, me crispa la piel sentir su presencia.

Me han juzgado de loco incontables veces, pero en esta ocasión yo me sé loco, por eso mantengo la tesis de que mi locura es consciente: sé que me persiguen, nadie más lo ve, pero yo lo siento, es de mi conocimiento, no lo ignoro.

Intentaré no verme en el espejo para no reparar en esa presencia que tanto me atormenta.

7 de noviembre

Logré deshacerme de todos los espejos que había en mi hogar. Afortunadamente desde hace algunos años que vivo solo, así que no hubo quejas ni contratiempos para cumplir mi determinación de borrar todo reflejo de las miradas que me acechan como aves de rapiña, dispuestos a romper con todo lo que hago, a acabar con todas las personas que están alrededor de mí, para finalizar arrojándome a un vacío sin fin, donde finalmente podré dormir sin tener que preocuparme por los asesinos que me cazaron hasta lograr terminar con mi existir.

Sigo sin verme en el espejo, pero las miradas no dejan de taladrarme.

Caminaba pacientemente a visitar a un querido amigo que ya tenía olvidado por diversas vicisitudes de mi vida. Sentía sus pasos a la par de los míos, sentía que su sombra avanzaba cada vez más. Enfrascados en una carrera de unos segundos, logré vencerle hasta llegar con mi querido amigo. Increpando mi larga ausencia de su recuerdo, iniciamos una conversación en la cual no dejó de puntualizar mi inquietud.

- Me vienen siguiendo –confesé.

- ¿Me estarás diciendo la verdad esta vez? Muchas veces he escuchado que te estás volviendo un poco loco, no es nada nuevo, pero me preocupa.

- Aún no me crees, ¿verdad?

- Llegaste solo

Mis ojos reflejaban mi tensión. Mi amigo, con un rictus relajado, no paraba de demostrarme que quería soltar una sonora carcajada, pero se detenía ante mi fama bien fundamentada de volatilidad ante esas reacciones.

Seguí explicando mis confabulaciones, mi neurosis provocada por ese largo sentimiento de persecución, de ver cómo todo lo que hacía se desmoronaba lentamente, como mi amigo, tan querido amigo, compañero de golferías y borracheras, no aguantaba las ganas de reírse estruendosamente ante mi locura, que yo llamaba consciente, pero que desconocía sus límites.

No sé qué pasó, lo único que recuerdo es que uno de los que me seguía a todos lados, me golpeó en la cabeza trepidantemente, dejándome inconsciente, provocando un susto inimaginable en mi gran camarada, que se vio a la merced de ese asesino. Desperté finalmente, mi amigo, con una daga clavada en el cuello yacía entre mis brazos, con un gesto de sorpresa e incredulidad.

Seguramente el asesino era alguien conocido.

14 de noviembre

Lloré desconsoladamente toda la tarde, no solamente por haberme visto envuelto en el terrible final que tuvo ese gran compañero, sino que, en mi cobardía, salí corriendo del lugar, con las manos todavía ensangrentadas, intentando encontrar al asesino que había puesto fin al último suspiro de alivio fraternal que me quedaba.

Lo encontré.

No basta decir que me quedé helado al verle a los ojos, una vez más esa familiaridad me asaltó, estaba en un escaparate de trajes finos, mirándome fijamente, buscando dar explicación con su mirada a lo que acababa de cometer. Todavía no le entiendo, no dice nada, no tiene qué decir, pero su boca está abierta.

Tomé fuerzas y rompí el cristal, le tomé por el cuello y lo estrangulé hasta que su lengua quedó colgando y ya no pude ver nada familiar en sus ojos, lo único que se dejó entrever es mi imagen, dándole muerte, terminando con mi sufrir y vengando a mi gran amigo.

Haber acabado con él no fue suficiente. A la vuelta de la esquina me encontré con alguien más, uno de los cuales seguía al que acababa de triturar entre mis frágiles manos con fuerza sobrehumana. Iba risueño, deshaciéndose en cumplidos hacia una hermosa mujer, que iba coreando sus risas, tomada fuertemente de su brazo, irradiando felicidad con cada risa, con cada gesto, con una sola mirada. Furtivamente, al sentir mi presencia, ese extraño y tan familiar a la vez se volvió a mirarme, para mostrarme nuevamente la hoja de la navaja, escondida debidamente en su abrigo, muy parecido a los que mi madre solía regalarme.

Quise gritarle a esa mujer que se alejara, que viniera conmigo, que la amaba, que dejara a ese monstruo, que yo la cuidaría, pero me quedé helado, mi garganta hecha un nudo no pudo contener las lágrimas que corrieron a raudales por mi cara.

21 de noviembre

- Martina ha muerto.

Sentado en mi sillón, con la mirada fija en ese retrato que nos tomamos hace años, en el que se veía reflejado el amor inmenso que le tenía, la gran admiración y respeto que hacia ella sentía, no podía contenerme. Reía nerviosamente, jugaba con el cigarrillo que tenía entre mis dedos, inhalaba furiosamente del mismo, intentando hallar calma al dolor tan apremiante que me invadía.

Dos pérdidas, la una igual de grande que la otra, ambas cometidas por las personas que me acechaban, caídas primeramente por su incredulidad hacia mi persecución, por no haber tomado consciencia de mi propia locura.

El asesino se encontraba frente a mí, la daga en la mano.

- Con esto atravesé su corazón. Te hice un favor.

Esto fue el acabose. Le di final de la manera más ruin que encontré en mis recónditos recuerdos de las clases de historia: lo tomé por la fuerza, aunque no opuso resistencia. Le amarré al viejo nogal del patio de mi casa, lo azoté con mi desprecio, con mi lengua, le prendí fuego y me senté a ver como calcinaba, mientras lloraba desesperadamente y gritaba su nombre a los cuatro vientos. No hubo curiosos, nadie lloró. De súbito me levanté, me puse el saco, tomé la navaja, y salí dispuesto a clavar.

28 de noviembre

Acabé con todos de uno a uno, no estaba dispuesto a esperar a perder a alguien más: ya me habían arrancado todo lo que amaba en mi vida. Martina, mi querida Martina, tantos momentos que pasamos juntos, tantos días que me ofreciste a tu lado. Juré que jamás olvidaría el momento en que te conocí, y he mantenido mi juramento. De mis amigos no sé nada, al enterarse que, una a una, las personas que estaban alrededor de mí fueron cayendo, todos salieron huyendo despavoridos, ausentes a mi pena, a mi sufrir, conociendo que alguna clase de maldición cargaba yo entre mis entrañas.

Todavía recuerdo el gusto que sentí cuando los tomé por sorpresa, y uno a uno les fui clavando la daga, muy profundo, donde más duele, hasta verlos caer totalmente deshechos. Un desenfreno de sangre y lágrimas, eximiéndome de toda culpa de la atrocidad que cometía: mea culpa. Al son de un viejo rock and roll terminé con todos mis acechadores. Uno a uno fueron cayendo, hasta que me sentí finalmente liberado.

Mi memoria me traiciona, solamente han pasado 4 semanas, pero mi cara me dice que he envejecido por lo menos 4 años. Las paredes de este lugar son blancas, me resisto a seguir en este lugar, me siento encerrado. La gente me sigue mirando, pero en esta ocasión son totalmente desconocidos, ya no les encuentro familiaridad. A cada paso que doy, cada gesto, cada palabra mal articulada, solamente se miran entre sí, murmuran algunas palabras y todos anotan al unísono. Tal vez estén documentando mi vida.

Me llevan todas las noches a un salón completamente en penumbra, me acuestan cómodamente e intentan borrar de mí el recuerdo de todas las atrocidades que esas personas me causaron. Me prohíben fumar, cosa que disfrutaba tremendamente. No paro de gritar por Martina, la extraño horrores, pero ese maldito me la quitó de mis brazos, la sedujo con su gran poder sobrenatural para poder acabarle. Logró su cometido: nos separó.

¿Será por eso que no me dejan salir?, ¿será por eso que me dan electroshock?

5 de diciembre

No puedo ver nada, todo es tremenda oscuridad. Al fondo, una luz, una imagen, una idea.

Escucho los compases de esa canción que hizo que me enamorara de ella. Lentamente sigo la tonada con mis silbidos. Bailo a los compases de una ilusión.

Por fin la veo, hermosa, grandiosa como siempre. Un estallido de electricidad y todo se acabó. Mis manos no me creen lo que les platico, no me habla la razón. Las paredes me siguen encerrando. Quiero gritar, quiero salir, quiero estar junto a ti.

Mi habitación parece museo, muchas miradas me perforan, ellos han regresado. Cada uno tiene una historia que contar, una nueva posición, un nuevo fin, una nueva daga.

20 de noviembre de 2007

Debajo de tu Piel

La fría noche de verano no logar aminorar mi calor, siento como ese deseo recorre lentamente cada fibra de mi cuerpo, como los músculos se contraen, la sangre comienza a circular, se empiezan a nublar mis sentidos prestos a entregarse a ese estallar sin fin de sensaciones, sentimientos encontrados, cólera mezclada con el más puro placer carnal...

Conozco esa mirada singular, más me intriga el rostro que se esconde detrás de él... entiendo y encuentro forma en ese rostro, interpreto el lenguaje de esa mirada, me pierdo junto con esos pensamientos, me realizo con esto

Contemplar tu cuerpo una vez más, sin embargo la última... sentir tu respiración lentamente en mi pecho, apoyando tu cabeza en mí, mi mano cruzando la curva desnuda de tu hermosa espalda crispada por pequeñas perlas que brillan a la luz de mis fulgurantes ojos. No puedo murmurar nada, simplemente me atengo a recordar lo que acaba de pasar e intentar borrar de mi cabeza la idea de que nunca volverás...

-No te vayas-atino a decir.

No contestas, te limitas a mirarme... verme en tus ojos me crea un éxtasis incomparable, sé que me puedo ver en ellos pues esos dos cristales tan hermosos solamente reflejan lo que tu corazón alberga.

Volver, volver... huir, nunca más regresar, olvidar... sentir...

Quiero desnudar tu piel y encontrar tu alma en el fondo de tu cuerpo, sentir tu palpitar y hundirme en esa profunda humedad sagrada, apuntar hacia tu altar de Venus y perderme en las burbujas del sueño, en la huella que quedará de mí en tí por el resto de tu vida...
Solamente soy un momento, una idea fugaz, un sueño vaporizado entre nubes de alcohol, la fiesta terminó... todo volvió a su curso natural...

Te fuiste, en mi cabeza sigue rondando tu cándida desnudez, la circunferencia de tus senos, en los cuales descansé mi estupor... tu fina línea que empieza ahí y termina un poco más al sur, donde solía haber una maraña negra, pero que sensualmente has retirado para deleitar mi vista, mi lengua y por tu comodidad... seguir bajando por tus piernas hasta terminar de verte, para volver a levantar la vista y ya no encontrarte, sólo tener el recuerdo de algo que nunca fue, nunca lo será, pero algo con lo que mi deseo engaña a mi mente y me transporta a un estado etéreo en el que me pierdo en esas sensaciones que no llegué a sentir de tí...

La luz se extingue, el frío arrecia... tú ya no estás... yo me perdí contigo...

13 de noviembre de 2007

El Cuarto sin Razón

Tuve que alejarme una vez más de ese pequeño espacio que yo consideraba mi santuario, salir de todas las columnas de papeles amontonados esperando a que lleguen unos ojos que los puedan admirar, dejar que circule la nube gris que se forma cada vez que ahí me refugio.

Tomé mi abrigo y salí trepidante hacia la calle. Maloliente y poco alumbrada, albergaba un panorama muy poco alentador. Ante tal indecisión de qué rumbo tomar, decidí seguirle los pasos a una mujer que, siguiendo su costumbre casi religiosa, caminaba por ahí solamente para disipar sus pensamientos de amores mal logrados. No fue tan negativa esa decisión, pues por fin pude cruzar algunas palabras con ella.

Independientemente de nuestra charla sin sentido ni finalidad, pude saber que su nombre era bastante común, pero su mirada encerraba tantos enigmas de esos que solamente el corazón puede ver si entiende lo que esos ojos quieren expresarle. Ofrecí acompañarla de vuelta a su domicilio, donde le esperaba su rutina diaria: una cena módica, tal vez algún chequeo de correo electrónico, cruzar algunas palabras con sus familiares y a la cama; aceptó amablemente tomándome del brazo, empezando a hacerme confidencias dignas de un confesionario. Seguimos caminando hasta que por fin llegamos al umbral de su hogar, después de una despedida mustia, la dejé y proseguí en mi andar sin destino.

Después de unos pasos e invadido por un pesar gigantesco, provocado por no poder interpretar lo que los ojos de mi nueva conocida, abrí la puerta de mi cubil: ¿qué me habrán querido decir esos ojos verdes, en los que me perdí por unos segundos? Medité sin cansancio sus palabras, recordé todos sus gestos, pero aún así no encontraba respuesta elocuente al enigma que se presentaba en mi cabeza. Volví por fin a mi rincón, me senté ante la computadora a mi rutina –tal como lo predije con ella-, revisar correos, enviar algunos pendientes y tal vez –solamente tal vez- hastiarme hasta el punto de poder quedarme dormido. No hubo novedad, escribí algunas líneas del texto que estaba preparando y me dirigí a la cocina a asaltar lo pobre del refrigerador. Mi festín culinario duró solamente unos cuantos minutos: un vaso con leche acompañado de una dona hueca que en vez de chocolate parecía pintura de aceite débilmente endulzada. Me rendí ante mi terrible jornada y dormí lo más que pude.

Me sacó del sueño que solía tener unos tenues golpes en la puerta de acceso de mi casa; como pude, me vestí solamente con una bata y salí a ver quién tocaba a mi puerta: eran esos ojos que conocí solamente algunas horas antes, me miraron, los miré, no dije nada, solamente abrí la puerta. Ella entró y se sentó en el sillón –el único, por cierto- y simplemente se limitó a mirarme y sonreír débilmente. Me comió con la mirada unos instantes, se acercó y me besó tenuemente en una mejilla, me tomó de la mano y se acercó a mi oído murmurándome solamente estas palabras: ve a tomar un baño, salimos pronto.

Cual niño obediente de su sacrosanta madre, me metí en la regadera y salí todavía escurriendo, con la toalla amarrada alrededor de la cintura para encontrar a mi visitante frente a mí, viéndome sin pudor, más sus ojos me dieron una señal que sí pude entender –cualquier hombre podría-: deseo. Me vestí torpemente con lo que acostumbraba –unos pantalones de mezclilla, recuerdos de mi juventud no tan distante, una camisa gris y un saco- y me dirigí a la puerta acompañado de ella.

Vagamos por la ciudad el resto del día, nos contamos cosas, nos peleamos, nos contentamos, nos tomamos de la mano, anduvimos por ahí rodeándonos con el brazo el uno al otro. Tomamos asiento en un pequeño café por los rumbos del centro, disfrutando ella una cerveza y yo una copa de vino tinto, mientras nos amenizaba un trío de jazz. Volví a asaltar su mirada, encontrando cada vez más que esos ojos no solamente expresaron deseo hace algunos momentos, me daban respuestas a preguntas silenciosas que siempre me había hecho por las noches, justo antes de quedarme dormido. Platicamos por horas, cada momento que pasaba, que escuchaba alguna vivencia, que me acercaba más a su corazón, más me maravillaba, crecía mi respeto y admiración hacia ese ser que se materializaba en todo su esplendor frente a mis ojos. Dimos por terminada nuestra visita y regresamos cada quien a su lugar de origen.

Al llegar al umbral de su puerta no me pude contener, tuve que preguntar cómo sabía tanto de mí, por qué preguntaba lo que preguntaba; quería, necesitaba saberlo todo. Solamente me miro, me volvió a besar en la mejilla y sencillamente, con una sonrisa maliciosa respondió: me gusta más cuando escribes con el corazón, con la cabeza tiendes a ser redundante y algo complicado. Entró, yo me fui, una vez más, pensativo.

Por fin encontré la fuente de toda su información, su respuesta fue más reveladora de lo que yo esperaba. Todos los papeles amontonados detrás de mí, que alguna vez fueron “inmortalizados” en una dirección electrónica que yo llamo mi diario personal, al acceso de quien sea. Visité ese espacio largamente olvidado, encontrando centenares de comentarios firmados con su nombre. En ese momento descubrí que mi escribir por fin cumplía su propósito: su destinatario lo leyó.

17 de octubre de 2007

Mís Últimos Momentos

Este texto fue escrito por Paula Zamorano, en lo personal, me encantó. Por eso pedí permiso de publicarlo, así que, disfruten

Cuando menos lo pensé estabas ahí. No pude pensar durante varios minutos. Contemplé tu cuerpo, tan perfectamente distribuido, y no pude hacer nada más que sonreír. Me mirabas fijamente, como si trataras de leer lo que pensaba, y en realidad, yo sabía que podías.

Me dijiste que todo iba a estar bien, que me amabas más que a nada, y que si lo necesitaba, llorara tanto como quisiera. Pero en esta ocasión, las lágrimas no pudieron salir. Había una mezcla de rabia, temor y tristeza que se apoderaba de mí en ese momento. Quería salir y gritar. Quería deshacerme de aquel cuerpo del que era esclava y prisionera. Tú sólo me abrazaste y recargaste mi cabeza en tu pecho. Siempre dijiste que mi piel era suave.

No supe cuándo me quedé dormida, pero cuando desperté tú estabas a mi lado, dormido junto a mis piernas. Te miré y pensé cuánto te amaba. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Tenía miedo de dejarte pues, hasta ahora, habías sido lo más importante en mi vida: lo único a lo que me he podido aferrar, la única persona con quien habría querido estar en esos momentos. Me duele amarte tanto, más cuando sé que por fin me desharé de ese cuerpo que tanto me aprisiona.

No te diste cuenta cuando me levanté. Hiciste un ligero movimiento con tu cabeza, percibiendo mis movimientos, pero no te despertaste. Caminé desnuda en la oscuridad, me gustaba la idea morbosa en mi mente, de que sólo la noche y el reflejo vaporoso de la luna podían verme. Me quedé de pie ante la ventana; no miraba nada en especial, mis ojos parecían estar llenos de vacío, con la mirada perdida sin enfocar nada en específico. Nada sucedía en aquel lugar, no se escuchaba sonido alguno. A esas horas de la noche debía de ser común, pero aquel silencio era casi aturdidor. Seguí mirando hacia la nada, meditando tal vez en lo mismo, cuando noté un coche a lo lejos; tenía los vidrios empañados y hacía ligeros movimientos. Poco después, pude darme cuenta de que era una pareja, que tal vez no contaba con una cama o el momento propició que estuvieran ambos en medio de la nada, en un coche que sólo se calentaba con el calor de ambos cuerpos. Era irónico que lo único que haya podido observar fuera eso, pues probablemente estuve toda la noche haciendo lo mismo. Me hizo recordar la primera vez que estuve desnuda frente a ti.

No había sido fácil; recuerdo tus intentos previos para lograr que me quitara solamente la blusa, pero siempre mis ideas recatadas, o tal vez mis complejos, habían sido mayores que el deseo de sentir tu piel sobre la mía. Hubo un día en el que simplemente no pude resistirme, ni tú tampoco, e hiciste que sucumbiera ante tus encantos. Recuerdo haber sentido tu piel tan cerca y tan suave; tus manos sabían dónde y cómo tocar exactamente, para que explotara una bomba de sensaciones que se encontraba justo entre la yema de tus dedos y el poro de mi piel. Desde ese entonces, no había habido vez en donde no aprovecháramos para sentirnos.

Muchas cosas pasaban por mi mente en ese momento; te miraba dormir, con tu cara iluminada por un tenue resplandor de afuera y unas ligeras gotas de sudor que brillaban. Tu espalda descubierta, siempre tan suave y perfecta, yacía entre los pliegues de la sábana. Yo sólo miraba, tratando de crear algún verso que describiera aquella poesía, pero simplemente no podía.

Mi mirada tal vez te despertó, no te sorprendió verme despierta y sonreíste. Me mostraste por última vez aquella perfecta sonrisa que tanto me gusta, y tu mirada que desnuda, aunque en ese momento ya no era necesario. Sabías que era el final, pero no te importó. No derramaste ni una sola lágrima. No emitías palabra alguna, pues sabías que, en aquellos momentos, cualquier palabra sobraba. Te limitabas a tocarme, siempre te dije que eras muy bueno con las manos. Me besaste suavemente, como si me sintieras frágil; recorriste toda mi piel con tus labios y por última vez hicimos el amor. Pude ver una lágrima recorriendo tus mejillas y con tus dedos, cerraste mis ojos.

9 de octubre de 2007

Para tí que no estás

Precisamente por el hecho de que me encuentro aquí

es el por qué de que no te puedo encontrar.

Desde aquella vez que te vi por primera vez,

no he dejado de pensar en ti.

Desde ese preciso momento en el que nuestros ojos se conocieron

no dejo de hablar de ti,

y desde el día en que nuestros labios se encontraron

mi corazón no deja de latir por ti.

Es necesario que confiese todo esto que siento,

porque ya no estás junto a mí,

decidiste partir de mi vida

para buscar nuevos horizontes,

encontrar una mirada y unos labios más tiernos que los míos;

unas palabras que te expresen de mejor manera

todo lo que mi corazón declaraba que sentía por ti.

Te fuiste, fulminantemente,

tomando la decisión precipitadamente sin siquiera decir adiós

ni aún un por qué.

¿Por qué te fuiste?,

¿por qué me has dejado en el abandono, con todas mis ilusiones agonizantes? No conozco el por qué, pero alguna razón tendrás.

Tal vez más grande que el amor que todo mi ser te llegó a jurar

y que tu boca fingió aceptar.

Ahora me encuentro aquí, de nuevo solo,

con mi corazón en mis manos,

buscando alguna razón para sacarte de mis pensamientos

y así encontrar a alguien que sepa valorar

todo lo que hay dentro de mí

y desdeñe a la bestia que encierra el más bello sentimiento humano: el amor.

Recuerda solo esto: no me arrepiento de nada de lo que he hecho,

no voy a olvidar todos esos momentos

en que me hiciste sentir dichoso,

todos esos momentos en que el amor se manifestó

antes de que el último pétalo cayera.

Aquí es cuando me despido, volveré a mi sueño eterno,

esperando que regreses y decidas aceptar

todos los prodigios que mi corazón te quiere brindar...

5 de octubre de 2007

Delicias Húmedas con Calor Seco

Amar... pensar... querer... soñar... te amo cuando no estás, aún más cuando te veo frente a mí, como hoy... pienso que no existo, y cuando pienso que existo sé que existo en tí y tú en mí, pienso que nuestra existencia se resume a una sola, un sólo pensamiento, un sólo deseo, una sola caricia...

Quiero, quiero que me veas, que me sientas, quiero que experimentes cómo mis manos empiezan a recorrer lentamente tu cuerpo, empezando por tus piernas: ese camino que después de elevarse un poco vuelve a bajar para terminar en ese lugar tan preciado, en ese monte de Venus, ese altar en el cual dejo que mi lengua perpetre su sagrario para saborear ese grial santo que tantos secretos encierra y que nos convierte en lo que somos... en dos personas que están juntas... que se volverán en uno solo y que se encuentran en un completo estado de lubricidad provocada por la noche oscura, nuestros deseos carnales y todas esas preguntas que queremos contestar con esto... también quiero que tu me toques, que empieces a sentir mi piel, mis manos, mi roce, mi logro, mi estado, toda mi mente y mi ser, mi ser que apunta hacia ese altar esperando solamente el momento preciso para fundirnos en uno sólo y entregarnos al placer...

¿Sueño?, no... en este momento dejé de soñar... ahora vivo... vivo el momento en el que una sola caricia puede desatar un mar de pasiones y de sensaciones... esas sensaciones que hacen que tu vista se nuble, que sueltes pequeñas muestras de que estás disfrutando todo el camino que mis manos recorren....

Lentamente recorro con mis pérfidas manos tu abdomen, ese abdomen tan terso que muchos suspiros me ha arrancado... llego lentamente a dos montes coronados con dos puntas deliciosas en las cuales entretengo mi lengua y mis manos por periodos entrecortados sólo para hacerte sentir todo lo que mi corazón quiere expresar a través de mi cuerpo... me detengo... me detengo... me fundo... me extingo en ese momento que he esperado por mucho tiempo...
Por fin... llego a tu rostro... lo escruto de manera constante hasta buscar en tus ojos humedecidos, tu gesto lúbrico o tu boca entreabierta que emana suspiros, buscar ese momento, ese éxtasis puro de un desnudo amor... un amor como el que está creciendo, un amor como el que se hará...

Por fin lo encontré... encontré lo que necesitaba en tu boca... fue entonces cuando la conexión entre nosotros se concretó... nos volvimos uno y nos fundimos en la eternidad de la noche... solamente tu y yo... disfrutando esa pasión desenfrenada, en la que te dejaste enamorar y yo me permití dejar de quererte y empezar a amarte... aunque fuera sólo por una noche...

Soñar... lo sueño... más quisiera vivirlo... pero el sueño me mantiene... pues soñando puedo vivir... mas si lo vivo todavía podré conservar todas las sensaciones que te brindé y que me brindaste... todo eso que por fin se logró crear... una creación hermosa y divina...

3 de octubre de 2007

Una noche en la Eternidad

Me encuentro una vez más con este panorama tan singular de la calle a la que suelen concurrir personas que se quieren abandonar a sus placeres más bajos y dejar atrás todas las preocupaciones que dejan la vida diaria. Me adentro cada vez más en esta cuna de sueños frustrados, de fantasías de una noche, de mariposas sin alas, de princesas sin reino pero con mucha miel para todo el que la solicite.

Llego al lugar de costumbre, y ella me recibe como siempre, en su vestido entallado, un escote que deja entrever dos de los encantos que la poderosísima naturaleza (y la silicona) le proporcionaron; unos zapatos rosas de plataforma, que, según ella, sirven para tornear más sus voluminosas pantorrillas, que sobresalen provocativamente debajo de su proporcionado trasero apenas tapado por el trozo de tela que porta como vestido.

- Una vez que pruebas las mieles del amor, no queda otra cosa más que abandonarte a ellas.

No contesté, sólo opté por botar el seguro de la puerta y dejar a mi acompañante entrar en mi pequeño mundo.

Una vez más me dirige sus miradas furtivas, de las cuales quisiera huir, porque cada vez que ella brinda miradas de deseo no puede ocultar toda la tristeza profunda que se alberga en lo más recóndito de su ser.

Nos dirigimos hacia nuestro pequeño cubil de amor de siempre, un hotel con porte pobre, un encargado gordo y maloliente que nos identifica en cuanto cruzamos el umbral. No hace nada mas que preguntarme con la mirada que clase de aventura iré a tener esta noche.

- Solo serán unas horas, no es necesario que nos registres.

El hombre gigantesco hizo un gesto afirmativo con la cabeza y me lanzó el juego de llaves que casi golpean a mi misteriosa compañera, la tomo del brazo y nos dirigimos hacia ese lugar privado en los que se adoran a los ritos pasionales más simples.

Entramos en la ennegrecida posada temporal, ella en un movimiento impulsivo me arroja sobre la cama de agua y empieza a retirarme la vestimenta. Empieza lentamente desamarrando mis zapatos, liberando mis pies de su cárcel diaria; retira después las calcetas y empieza a masajear lentamente las articulaciones de mis dedos. Cada vez estoy más embriagado por las sensaciones que me produce esta compañera. Empieza a subir tímidamente con una mano entre mis piernas, mientras con la otra mano empieza a desabrochar mi camisa botón tras botón. Su fingida timidez tiene efectos devastadores en mi persona. Preso de una total lujuria la tomo entre mis brazos y arranco de un tajo su vestido, ante mis ojos quedan sus senos, libres de toda pena y colgando graciosamente; empiezo a bajar mis manos a través de su espalda blanca y suave hasta toparme con dos montes por los que cruza un canal. Empiezo a masajear tiernamente sus nalgas hasta que ella me quita los pantalones; después ella baja sus manos hábilmente y toma mi miembro y se acomoda firmemente sobre él, dejándome admirar completamente su silueta mientras el altar de Venus es asaltado por un intruso más.

Nuestro episodio terminó unas horas después, reclamando su paga se alejó sin decir más. Yo quedé tendido ahí, y ahí he de quedarme, hasta que quede totalmente repuesto de toda esta farsa momentánea que un amor mal logrado me ha empujado a cometer. De un momento a otro me siento culpable, culpable por haber utilizado a una mujer para saciar mi sed, cuando la fuente destinada para mí se encuentra enfrente de mí aunque yo no lo quiera ver. Al principio no me comprendo a mí mismo, pero después no tengo ni fuerzas para ponerme en pie, sumergido en una fatal melancolía fruto de los pensamientos que quise borrar en el mismo momento en que la dejé subir a mi auto. He de quedar aquí tendido hasta que pueda comprender que fue lo que en realidad pasó...